Por Francisco Figueroa
Hacía muchos años que no iba al circo, confieso que nunca me he sentido especialmente atraído por él: ya de muy pequeño sentía tristeza por los animales enjaulados, no me hacían gracia los payasos y sentía un pánico atroz ante el riesgo de que un funambulista se estrellase en el suelo. Nunca le encontré romanticismo ni ese carácter mágico que otros le ven. Acabé mirándolo con otros ojos gracias a la película de Wim Wenders El Cielo sobre Berlín. Pero seguí sin ir a circo, ni siquiera al del Sol. Hasta estas Navidades, que he llevado a mis hijos y al abuelo; ya tocaba. Fuimos al Price, el mítico circo estable que hubo en Madrid de 1868 a 1970 y que reabrió en 2007.
La función, dirigida por David Larible (uno de los mejores payasos de nuestro tiempo) empezó bien, muy bien, con el trabajo de Felipe Mejías haciendo virtuosos dibujos con arena sobre un cristal, que se proyectaban en una gran pantalla contando una bella historia navideña; cautivó a los asistentes. Las atracciones me parecieron en su mayoría magníficas, entre ellas y como hilo conductor, aquella en que el portugués Cesar Dias ejercía de inusual payaso involucrando al público con su mímica y haciendo gala de saber estar. Espectacular la actuación en la cuerda elástica de los Hermanos Álvarez, Premio Nacional de Circo 2010. Contorsionistas de Mongolia, saltimbanquis y equilibristas rusos e italianos, virguerías con hula hop, la habitual trapecista… todo memorable y con una cierta sobriedad no exenta de elegancia, muy de agradecer en mi profana opinión.
El único elemento ”biofílico”, una atracción con un bonito caballo, nos supo a poco. No sé si quería ser un tributo al fundador, Thomas Price, que entre otras cosas fue domador de caballos para el circo. Cerró el espectáculo de nuevo Felipe Mejías con sus dibujos de arena, dejando un buen sabor de boca.
Los niños disfrutaron mucho y yo con ellos, así que habrá que repetir de aquí en un año.

















