
Por Miguel Moreno

Por Miguel Moreno
Por Miguel Moreno y Francisco Figueroa.
Más que verde, nuestro planeta es azul. El agua cubre el 71% de la corteza terrestre, principalmente en los océanos, y es el elemento básico que permite el desarrollo de la vida y el sustento de nuestros ecosistemas. Pero, a pesar de su abundancia, el agua potable es hoy un bien escaso. La falta de acceso al agua o el consumo de agua contaminada causa más muertes anuales que cualquier guerra. Según informes de
El hecho de que un recurso tan básico para la vida sea escaso o se encuentre contaminado responde en muy buena medida a la mala gestión del agua y a la ingente cantidad de residuos industriales que la contaminan. Por ello,
Las condiciones naturales y el cuidado de los cursos de agua en el medio natural y ámbito rural son la mejor garantía para que las ciudades cuenten con un agua de calidad, algo de gran trascendencia para las próximas décadas en todo el mundo. En As Salgueiras, la responsabilidad de mantener el estado natural de los manantiales, pozas y humedales del lugar, que son hábitat de especies de gran interés (anfibios en especial) y soporte de la biodiversidad del territorio en que se ubica, es parte de la responsabilidad que asumimos, y en especial el cuidado de los arroyos que allí nacen y son parte de las fuentes del río Anllóns, espacio natural incluido por su valor en
Apoyamos las campañas de concienciación respecto a la gestión del agua de los organismos internacionales, como este Día, en torno al que se dan cita iniciativas por todo el mundo al amparo del Foro de las Naciones Unidas para el Agua. El agua será además tema central en la próxima Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo Sostenible que se celebrará en Río de Janeiro el próximo año 2012 (Río + 20) dentro de la estrategia de la Década del Agua por la Vida.

Por Miguel Moreno
El último libro del recientemente fallecido Dennis Dutton, editor del prestigioso Arts & Letters Daily, ha puesto de moda en Internet el cuadro America’s Most Wanted Painting de los artistas Komar & Melamid. En esta obra pictórica figura un paisaje en el que predomina el color azul y aparecen George Whashington, unos niños y animales en un paisaje natural. Los artistas hicieron el tipo de cuadro que más agradaría a los norteamericanos.
También pintaron otras obras en las que expresaron el gusto pictórico de los chinos, franceses, kenianos, etc. El tema de los cuadros casi siempre resultó ser un paisaje natural con árboles, algún animal y seres humanos. Se trató de un experimento que Vitaly Komar y Alex Melamid realizaron basándose en estudios estadísticos. Empresas demoscópicas con sucursales en todo el mundo hicieron encuestas en once países —no en España— con el propósito de averiguar qué tipo de cuadro gustaría más a la gente de culturas y ámbitos geográficos diferentes. A los encuestados se les preguntó qué preferían ver en un cuadro: una escena de interiores, un bodegón, animales, personajes populares vestidos o desnudos, etc. A partir de sus respuestas, se elaboró un informe sobre el gusto artístico de unos dos mil millones de personas. El experimento dio lugar a la serie denominada People's Choice, que provocó una intensa polémica en el mundo de la crítica artística.
Más allá del valor estético que concedamos a estos cuadros, llama poderosamente la atención que en casi todos ellos aparezca un paisaje, agua, cielo, animales y algún ser humano. En culturas tan distantes como la de U.S.A., Kenia o China las preferencias artísticas de los encuestados resultaron asombrosamente similares. Denotaban una clara atracción por la naturaleza, por el paisaje y los seres vivos. Por así decir, se daría el caso de que la percepción estética del ser humano en cualquier lugar tiene una impronta «biofílica»; en ella se manifiesta el gusto por los espacios naturales verdes y con agua. ¿Es inherente a la naturaleza humana el disfrute del paisaje? ¿O sólo es algo que ha producido la industria publicitaria llenando de imágenes de paisajes los calendarios, anuncios televisivos o los carteles nuestras ciudades?
Por Miguel Moreno De nuestra condición animal —los medievales denominaron al hombre dentro de la escala animal «bípedo implume»— podemos deducir que tenemos conductas naturales e instintos que se manifiestan en toda cultura y sociedad. El etólogo austriaco Irenäus Eibl-Eibesfeldt, discípulo aventajado de Konrad Lorenz, hizo en su día un estudio etológico de la conducta humana en las modernas sociedades de masas.
Eibl-Eibesfeldt detectó que, al igual que otras especies, el primate humano tiene dos tendencias en su sociabilidad: procura establecer contactos con miembros de su especie; pero, al mismo tiempo, posee una disposición innata a desconfiar de los extraños. Esta ambivalencia en nuestra conducta la observó en humanos recién nacidos: lo mismo sonríen al extraño que lloran cuando éste les coge apartándolos de los brazos de su madre. En todas las culturas y civilizaciones, Eibl-Eibesfeldt comprobó que en los humanos coexistía el instinto de sociabilidad con la reacción de temor ante los extraños. Cuando el humano se hace adulto, adquiere familiaridad con su grupo y establece un estrecho contacto con los miembros que lo componen. Sus reacciones de desconfianza, entonces, se focalizan hacia quienes no forman parte de su tribu, pueblo, o vecindad.
El progreso en las comunicaciones y los asentamientos urbanos con mayor densidad de población han dado lugar a que los contactos con extraños sean más habituales y, por tanto, a que las reacciones del espécimen humano ante los desconocidos sean menos agresivas. Sin embargo, el etólogo austriaco comprueba que en las sociedades de masas los continuos contactos con extraños dan lugar a lo que denomina «la sociedad de la desconfianza», a una conducta reservada y algo esquiva. Brotan tendencias asociales y el ser humano suele recluirse en una intimidad en la que se siente protegido. Pero esto le conduce a la soledad, al aislamiento, y a la insatisfacción por su incomunicación en medio de la masa. Predomina en las ciudades una «desatención cortés». La saturación de comunicaciones obliga a establecer relaciones muy superficiales con los semejantes en las que no hay una implicación personal. El individuo se limita a proceder con urbanidad pero manteniendo las distancias.
Tendemos a comunicarnos con los medios modernos, sobre todo con la TV e Internet. Pero nuestra comunicación es muy pobre y superficial. No es extraño que emerja el mito de la media naranja: encontrar a alguien con quien nos comuniquemos a la perfección y que acabe definitivamente con nuestro aislamiento.
El juego en la naturaleza como potenciador del realismo en la educación Por Miguel Moreno
Hace unas semanas subí a As Salgueiras con mi familia. Dimos un paseo por el camino de la parte alta. Después de detenernos en una fuente —a mis hijos les entró sed nada más verla—, seguimos caminando y nos topamos con un peñasco de considerables dimensiones cerrándonos el camino. Vaya contrariedad… ¿Contrariedad? En absoluto. Ese peñasco era un reto, un apasionante desafío para mis hijos. Aquella enorme piedra resultó lo más divertido del paseo. Yo la sorteé saliéndome del camino pero, por lo que vi, mis hijos jamás renunciarían a escalarla. Querían conquistar esa pequeña cima. Una vez lograron subir, se quedaron un buen rato jugando encima de la roca. Mientras tanto, me di una vuelta por los alrededores para contemplar el paisaje invernal.
Al día siguiente, advertí que mi hijo tenía un importante rasponazo en el tórax. «¿Cómo te hiciste eso, Nicolás? ¿Te duele?». «Sí, papá, me duele muchísimo», me dijo sin expresar ninguna queja. «¡Me lo hice ayer en la piedra grande!». Le pregunté a su madre y me comentó que, en efecto, Nicolás tuvo una pequeña caída mientras jugaba con su hermana. Pero se levantó de inmediato, volvió a subir a la roca y continuó divirtiéndose. Sin más. Su madre comprobó en aquel momento si le había ocurrido algo y vio la herida.
En un libro leí que la naturaleza se manifiesta al ser humano como estímulo y como resistencia al mismo tiempo. Los colores, los árboles, los animales, el paisaje, etc. nos estimulan: invitan a la contemplación y al disfrute. Pero los caminos pedregosos, las espinas, la aspereza o la altitud son algo que nos ofrece resistencia y dificultades. Dándole vueltas a esto, veo por qué el juego en la naturaleza es tan pedagógico. El juego en un entorno natural es una excelente introducción a la realidad. Lo real se nos resiste, presenta complicaciones; pero también nos estimula. Y a veces muestra atractivos incluso en los obstáculos.
(Foto: La Voz de Galicia, 8-12-1986)Una pedagogía social y medioambiental adelantada a su tiempo: la «prehistoria» de la Fundación As Salgueiras
Por Miguel Moreno
Hace veinticinco años, cuando apenas se hablaba de la influencia del entorno en el estado de ánimo y la ecología no formaba parte del debate público, los promotores de la Fundación As Salgueiras llevaron a cabo una clarividente iniciativa. En la pequeña comunidad de Uxes había un espacio lleno de escombros. Manu Iglesias y Xosé Luis Mañana movilizaron a los vecinos para construir un pequeño jardín en ese lugar ocupado por aquella escombrera.
Sin ninguna ayuda pública ni apoyo de la Administración, los vecinos se autoorganizaron y unieron sus esfuerzos para construir aquel jardín. Trabajaron juntos, hicieron aportaciones económicas y se coordinaron para crear un espacio público digno y saludable. Los promotores dedicaron el jardín a una persona respetada por el pueblo y escribieron un discurso que el día de su inauguración leyó una niña pequeña de Uxes: «Un hombre no se debe exclusivamente a su familia o amigos allegados, ni siquiera pertenece a él mismo, sino que son las circunstancias, el paisaje y el entorno en el que le toca vivir los que realmente forjan y modelan su persona»… Cuando concluyó su lectura, el vecino de mayor edad descubrió el monumento del jardín y una placa conmemorativa.
Tanto la prensa local como la nacional se hicieron eco de aquel acontecimiento: los propios vecinos habían tomado la iniciativa —sin ninguna ayuda externa— de dignificar el espacio público con un jardín gracias al cual el pueblo recuperó su autoestima como sociedad. Además, el movimiento vecinal suscitó una asociación cultural en la que se integraron muchos jóvenes apartándose del mundo de la delincuencia y la droga. La asociación era Queiroa y todavía perdura hoy. A raíz de aquel jardín y de la asociación, la comunidad de Uxes adquirió un gran dinamismo, llegando a ser un referente para la comarca a pesar de su escasa población.
La presencia de la naturaleza en los espacios públicos, la pedagogía, la inteligencia social, la integración generacional, la igualdad de género y la autoestima social se dieron cita en Uxes en aquel acontecimiento. Veinticinco años después, me asombra cómo se adelantó a su tiempo el jardín de Uxes. Se trata de una experiencia social que, cuando acababa de aparecer en los circuitos académicos norteamericanos el concepto de biofilia, ya lo llevaba a la práctica con un resultado sorprendente. Podemos decir que lo que promovieron entonces Manu Iglesias y Xosé Luis Mañana cristaliza hoy en la Fundación As Salgueiras. Los valores que expresa el jardín, y todo lo que implican, son los que la Fundación quiere promover hoy.
Por Miguel MorenoLa ilusión es contagiosa. Tan contagiosa, que no son pocos los padres que se cortan las venas con la tarjeta de crédito en los centros comerciales para que sus hijos tengan lo que han visto en la tele y han pedido a los reyes.
Es difícil que un niño no sueñe con esos juguetes llenos de luces y sonidos: dinosaurios mecánicos, consolas de video-juegos, robots que hablan y disparan… Uno está por pensar que la tecnológica industria del juguete está hecha más para arruinarnos a los adultos que para divertir a los niños. Ellos encuentran muy lógico que exista un coche sideral teledirigido que sube tramos de pared sin volcarse. Y claro, también ven muy lógico pedírselo a los reyes. ¿A quién se lo van a pedir si no? Cuesta un riñón.
La televisión y la tecnología generan adicciones y necesidades artificiales. Flaco favor están haciendo las tecnologías a nuestros hijos cuando su diversión y socialización dependen de ellas. En realidad, los mejores juguetes son los más sencillos, los que requieren que el niño ponga de su parte para jugar con ellos. Si el juguete es muy sofisticado, si prácticamente es autónomo y convierte al niño en un observador pasivo de lo que hace ese juguete por sí solo, no deja margen a la fantasía; el niño no se implica en el juego y no se imagina a sí mismo superando obstáculos y realizando hazañas. Se limita a asistir a un show tecnológico del que se hartará en un par de semanas. Sin embargo, unas piezas de madera con las que igual puede construir una fortaleza que un coche pueden resultar a la larga algo mucho más divertido y fascinante. Una sencilla muñeca, aunque no haga nada, es otro clásico: la imaginación ya se encargará de que esa muñeca haga absolutamente de todo. No hace falta que tenga pilas. Aunque no lo parezca, mientras más sencillo sea un juguete, más divertido resultará a la larga.
La fantasía de los niños puede hacer lo que jamás conseguirá la tecnología. Los niños son muy capaces si los adultos no les educamos como ineptos.
Por Miguel Moreno
El buey y la mula representan la sencillez, la constancia, la fidelidad… Virtudes hoy no muy en boga pero tal vez más necesarias que nunca. Y del carpintero, San José, cabe decir lo mismo, aunque sin duda la tradición le ha concedido una relevancia mucho mayor que a los animales (si no me equivoco, San José, además de ser el padre en la Tierra de Jesús, también es santo patrono de la Iglesia universal). Según dicen los Evangelios, José era un artesano, alguien que vivía honradamente del trabajo que hacía con sus manos y, más que cualquier otro hombre del pueblo de Israel, era un varón justo, una persona sin doblez.
En As Salgueiras nos alegra mucho poder felicitar estas fiestas aludiendo a estas figuras que, con independencia del valor religioso que cada uno les conceda, representan la sobriedad, la satisfacción de una conducta honesta y la esperanza de que una vida mejor es posible, con crisis o sin ella.
¡Feliz Navidad!
Por Miguel MorenoLos Ángeles, año 2019. El planeta tierra ha quedado oscurecido por la polución, sólo las luces de neón de la gigantesca y multicultural urbe permiten que sus habitantes se perciban. La tecnología ha suplantado a la naturaleza, incluso al ser humano. Una perpetua lluvia cae monótonamente sobre un mundo futuro en el que ya no se distingue el día de la noche, en el que no se sabe quién es humano o un producto de la biotecnología. El protagonista de esta película, Deckard, tiene como misión localizar a unos «replicantes» de aspecto humano potencialmente peligrosos.
Blade Runner se estrenó a principios de los 80 y con ella Ridley Scott logró uno de sus filmes más celebrados por el público y la crítica. En ella no aparece ni un solo árbol, ni una sola brizna de hierba; se puede decir que el director pretendió que lo natural brillara por su ausencia: todo es artificial, oscuro y triste, por mucho color eléctrico que ilumine la ciudad. ¿Hacia dónde se dirige el ser humano con su triunfante tecnología? Esa es la cuestión que arrojaba desde las pantallas el destartalado panorama urbano que nos mostraba Blade Runner.
Lo dicho: una película en la que la naturaleza brilla por su ausencia al ser sustituida por lo artificial, que ha creado un entorno deshumanizado que invita a la reflexión. Muy recomendable.
…Pregúntate qué puede hacer la naturaleza por ti. Disculpen que deforme la célebre retórica de John F. Kennedy, pero además de preguntarnos qué podemos hacer por nuestro país, vendría muy bien hoy preguntarnos qué puede hacer la naturaleza por nosotros. Hemos oído ya muchas cosas que podemos hacer por el medio ambiente, y vivimos inmersos en una eco-fashion en la que no falta cierta hipocresía. Tal vez hiciéramos algo más si empezáramos a interesarnos por lo que puede hacer la naturaleza por nosotros. La reducción de la naturaleza a un mero ornamento, a póster, a destino turístico, o a una frágil anciana asistida por políticos e instituciones con sensibilidad ecológica, está confundiéndonos. La naturaleza deviene en artificio, en salvapantallas de ordenador, en un elemento retórico de políticos, famosos y cumbres mundiales. Por eso hacemos muy poco por la naturaleza. Tal vez la cosa cambiaría si supiéramos qué puede hacer la naturaleza por nuestro equilibrio emocional y social: «Ask not what you can do for the planetary ecosystem; ask what nature can do for you.»
Por Miguel Moreno
Este viernes en As Salgueiras un odontólogo equino le extrajo un diente a un poni. Es indudable que los avances científicos nos han beneficiado mucho: ir hoy al dentista es desagradable, pero debía ser algo realmente espantoso que te sacaran una muela sin anestesia.
Es sabido que la aplicación de ciertos avances tecnológicos trae consigo algunos efectos secundarios no deseados. El más conocido es el deterioro medioambiental, pero no es el único. En el transfondo del progreso tecnológico late en ocasiones un optimismo rayano en la ingenuidad. Después de leer cómo llega a manipular el ser humano a un animal tengo mis dudas sobre nuestros posibles éxitos manipulándonos a nosotros mismos, o a nuestros hijos, con la biotecnología. No me estoy refiriendo a los avances médicos en la genética, sino a la pretensión de diseñar a nuestros hijos a la carta, sin ningún defecto, inteligentes, rubios, altos, con ojos claros,...
El problema medioambiental no es el único efecto nocivo que ha provocado nuestra civilización tecnológica. También nuestra sociabilidad acusa un importante deterioro y se han erosionado nuestros vínculos comunitarios. Recuerdo un anuncio publicitario en el que una agobiada madre pedía ayuda a su familia para fregar los platos después de la sobremesa. De inmediato, hijos y marido desaparecían raudos de su vista y quedaba sola en la cocina ante una montaña de sartenes y platos grasientos. Afortunadamente, la tecnología acudía presta en su ayuda. No tenía que preocuparse gracias al nuevo lavaplatos «xzy», que lavaba todo dejándolo resplandeciente. Qué alivio. El spot concluía con la sonrisa de la madre henchida de gozo junto al lavaplatos que se anunciaba. Pero por maravilloso que fuera el electrodoméstico, a mí me habría deprimido bastante la situación de esa madre. Es importante un mínimo de comodidades, pero mucho más importante es que tu familia esté dispuesta a echarte una mano cuando lo necesitas. Digo yo. Lo que me parecía más preocupante no era el anuncio en sí, sino el hecho de que algo tan poco simpático pudiera conectar con un público amplio, hasta el punto de que los publicistas lo concibieran como algo con gancho.
La tecnología nos hace más cómoda la vida, estupendo. Pero puede anestesiarnos como seres humanos cuando recurrimos a ella para que sustituya a la naturaleza y a nosotros mismos en aquello que no nos debe sustituir.
Por Miguel Moreno
Como conocí As Salgueiras durante el verano, no había visto antes todo ese campo con un tiempo tan nublado. En cualquier momento podía caer una tormenta y tardaría no menos de un cuarto de hora en encontrar un lugar en el que no me mojara. Para entonces, ya estaría calado hasta los huesos. Eso me hizo pensar que el contacto con la naturaleza es muy gratificante… hasta que la naturaleza se pone en mal plan. Que se lo pregunten a los damnificados por el terremoto de Haití o a los habitantes de Nueva Orleáns después del Katrina.
La naturaleza es amable pero, desde luego, también tiene momentos no sólo antipáticos sino letales para el ser humano. En As Salgueiras se saca partido a todo lo que la naturaleza nos puede aportar; y, hasta cierto punto, no se huye de los aspectos de la naturaleza menos amables. Asumir el reto que constituyen ciertas hostilidades de la naturaleza también puede ser muy benéfico para cualquiera de nosotros. ¿No tenemos que aprender a vivir con los defectos de nuestros seres queridos, con los propios, con los de la sociedad, etc. para conseguir una vida lograda?
Por las conversaciones que escucho en As Salgueiras, compruebo que allí se aprecia mucho el saber, el conocimiento que nos hace ir más allá de lo inmediato y nos permite comprender la realidad y a nosotros mismos en ella. Se citan a menudo estudios de etología y antropología de importantes universidades pero, al mismo tiempo, en As Salgueiras se toman ciertas precauciones con el saber académico.
Se me ocurre que un motivo puede ser la enorme estima que allí se tiene por lo que sabe un pastor o un agricultor sin estudios académicos. Cualquier instancia educativa tiende a clasificar al pastor, al agricultor o al hombre que vive en el campo de lo que obtiene de la naturaleza como a un individuo con un nivel cultural bajo o nulo. Puede que sea así en muchas ocasiones. Sin embargo, los conocimientos que posee un pastor sobre la vida y la naturaleza tienen un extraordinario valor en As Salgueiras. Aún más: en cierta medida, lo que sabe un pastor es considerado como un excelente antídoto contra buena parte de las intoxicaciones teóricas que a veces generan la Universidad y los medios de comunicación.
Un pastor está obligado a conocer muy bien a su rebaño; tiene que saber exactamente dónde pasta mejor y en qué época del año. Debe tener muy presente cuánto esfuerzo implica para él y sus animales ir a un sitio u otro, porque siempre hay imprevistos. Por consiguiente, debe conocer los mejores caminos y pasa, literalmente, épocas enteras de su vida con la naturaleza y sus animales como únicos compañeros. Además, como es obvio, asume un estatus de liderazgo ante su rebaño: no puede estar todo el día persiguiendo a cada animal para reunir al rebaño. Pero ese “liderazgo” no se basa en la fuerza, se asienta en una relación con los animales que solo el pastor es capaz de establecer. El escaso prestigio social del pastor ha hecho que sus conocimientos y destrezas parezcan hoy cosa de poca monta o vulgares. Sin embargo, resulta asombroso lo que un pastor puede saber de las personas. Conoce de primerísima mano aquello que seguimos teniendo en común con el resto de los seres vivos; sabe que asumimos roles, que algunos prefieren tomar la iniciativa mientras que otros optan por disfrutar pacíficamente de la vida sin preguntarse hacia dónde les lleva el rebaño. Unos son extrovertidos y asumen un rol dominante; otros son más tímidos y sumisos, pero muy cautos: perciben con extraordinaria facilidad los riesgos. Por eso el pastor se fija mucho en ellos y nunca minusvalora a quien no destaca. Sus conocimientos parten de lo local. Pero sus sosegadas reflexiones, su paciente y constante observación de los ritmos de la naturaleza, de lo que en ella sucede y de las condiciones de subsistencia llegan a proporcionar a esos conocimientos un alcance universal. Si lo pretendiera, el pastor podría comprender mucho mejor que cualquiera de nosotros a nuestros antepasados del primer milenio a. de C. en la Europa mediterránea.
Algunos pastores, considerados palurdos hoy porque no aparecen en anuncios de tabaco con genuino sabor americano, cultivan una sabiduría que no se aprende en ninguna facultad o escuela universitaria. Y, tal y como aspiraba la antigua Filosofía griega, lo que sabe el pastor puede traducirse en una valiosísima forma de vida serena, paciente y alegre.
Por Miguel MorenoEn primer lugar, aquel pequeño e inocente parque, a pesar de su simpática apariencia, reproducía a su manera ciertas patologías urbanas: la masificación, un ámbito artificial que uniformiza las conductas, sobreprotección,… Mis hijos, evidentemente, se divertían más en ese pequeño parque al aire libre que en el piso de Madrid. Pero no dejaban de buscar la atención de su padre, cosa que no ocurrió en el otro parque. Además, mis hijos no se hicieron amigos de otros niños ni jugaron realmente con ellos. Todos los chavales allí parecían percibir a los demás como un obstáculo, como okupas del columpio que ellos intentaban disfrutar. Había, además, problemas de circulación vial: Nicolás no podía hacer el mono porque otros niños tenían que pasar precisamente por donde él se colgaba. Había demasiado tráfico.
¿Por qué los chavales no jugaban juntos? Hombre, juntos sí estaban en lo que a su proximidad física se refiere, pero no jugaban unos con otros: rara vez interaccionaban entre sí excepto para reclamar su derecho al tránsito o al uso de un columpio. De ahí la enorme polución acústica que padecíamos todos en aquel parque.
Lo que me habían dicho en As Salgueiras es que los niños (y los adultos) necesitan el juego libre en un entorno natural. ¿Qué es el juego libre? Pues, por ejemplo, saltar una valla o cualquier otro obstáculo, se interponga o no en el camino. ¿Qué te puedes caer? Claro. También te puedes caer de un columpio. O tener un accidente de tráfico cuando llevas a los niños al colegio. Si nos ponemos en ese plan, habría que sacar a pasear a los críos como a los perros en las ciudades, con cadena y collar.
Es parte natural de nuestro desarrollo caernos de vez en cuando. Un chaval al que evitamos por sistema cualquier tipo de caída ignora hasta qué punto el suelo es duro. El juego, por mucho componente imaginativo que tenga, no puede desentenderse de la realidad, ha de basarse en ella. En un entorno sobreprotegido, artificial y saturado, estamos impidiendo que nuestros hijos actúen teniendo presente el “principio de realidad”. No hablo del principio freudiano que, con perdón, siempre me ha parecido demasiado misterioso, muy de película de Hitchcock; me refiero al contacto con la realidad misma, a aquello contra lo que todos chocamos de vez en cuando. La realidad, aunque sea rocosa, también puede ser divertida, mucho más divertida que los columpios.
No he tardado en regresar a As Salgueiras con mi mujer, Nicolás y Nieves. Nos lo pasamos muy bien. Lo que más le gustó a Nieves (y a mí) fue un perro bodeguero que respondía al nombre de Morante. ¡Qué animal más simpático!
Después de mi experiencia en As Salgueiras, quise contrastar lo que me dijeron en la finca. ¿Hasta qué punto mis experiencias positivas no eran fruto de la sugestión? Después de todo, yo nunca había pensado en eso del juego libre, la socialización y en sus presuntos efectos cuasi-terapéuticos. Fui con mis hijos a un parque normal, idéntico a los que frecuento con ellos en Madrid.
Estaba cerca del río del pueblo. Al llegar, nos topamos con la valla de colores que limitaba el área de juego. La entrada estaba en el otro extremo. Mi hijo hizo el amago de saltar la valla. Me miró para averiguar qué me parecía su maniobra. O tal vez por si había suerte y, en un despiste mío, daba el salto sin que nadie le incordiara. Pero yo estaba pendiente y le señalé la entrada: Nicolás… Por allí. Así que se bajó de la valla y se dirigió hacia el acceso del recinto. Empezamos bien. ¿Por qué diantre no le dejé saltar la valla? Seguro que yo no la salté porque se supone que soy un padre formal pero ¿qué había de malo en lo que iba a hacer mi hijo? Es más, ¿qué puede ser más divertido que el salto de valla en un parque? Me quedé con cierta sensación de aguafiestas cuando entramos en el parque por el sitio adecuado.
Mis dos hijos se desperdigaron por el área de juego y yo me apoyé en la valla. Nieves, la pequeña, se subió a una silla de columpio y tomó impulso para balancearse. Nicolás comenzó a escalar por una torre con un puente que la unía a un tobogán. No subía por las escalerillas, sino por las barras que unían las patas de aquella torre. El parque tendría unas aceptables dimensiones si jugaran en él cinco o seis niños. Pero allí había unos quince chavales y seis adultos sin contar conmigo ni con los niños y padres que estaban en los bancos fuera del recinto, que de vez en cuando también entraban. Había muy poca distancia entre los columpios, unos dos o tres metros. Seguro que habrá una normativa, pero debe ser como la del código de circulación: no evita los atascos. Tuve que pedirle a Nicolás que dejara de hacer el mono y no obstruyera el paso por el puente de la torre. Su hermana no tardó en subir también a la torre: ¡Hola, papá! ¡Hola, hija! De no ser por el trecho que nos separaba, aquel saludo me habría destrozado los tímpanos, pero no procedía que Nieves bajara la voz, porque en medio de aquel griterío uno no podía oír nada si su interlocutor no elevaba el volumen más que el prójimo. En este tipo de comunicación, mis hijos son unos auténticos superdotados. Cuando se trata de decir las cosas alto y claro, a su edad sólo tienen que mejorar un poco lo segundo. En lo primero van sobrados. Han asimilado realmente bien la experiencia de los parques de Madrid y no hay columpio, por alto que sea, ni remoto rincón, desde el que no sean bien capaces de mantener una conversación conmigo o con quien haga falta.
¡Papá, hola! Hola otra vez, hija. ¡¡Papá, mira lo que hago!! Sí, hijo, ya veo. ¡Papá! ¡¿Has visto?! ¡Sí, hijo! ¡¡Y mira ahora!! Ten cuidado, hijo, ¡le vas a dar una patada a esa niña! Pasado un cuarto de hora, lo de «hola, papá», «mira, papá» y similares terminan incrustados en mi cabeza. El problema es que no sólo mis hijos chillan: el resto de los niños también se comunica como puede. Uno berrea porque se ha caído; otro ha visto antes un columpio y no va a permitir que le arrebaten lo que legítimamente le corresponde; a aquel le han pisado una mano; hay un propietario de una codiciada bolsa de patatas al que rondan dos criaturas que le instan a que tenga a bien no comerse él solo las patatas; una madre, desde un banco fuera del recinto, le hace notar a su hija que se puede caer si sigue subiendo más arriba por el columpio; un padre le chilla a su hijo para que éste deje de decir tonterías y no chille a su hermana…
Llegado un punto, permanecer en el parque empieza a resultar insufrible. Miro el reloj y todavía no llevamos ni veinte minutos de columpios. He venido a este parque para ver cuánto había de cierto en lo que me comentaron en As Salgueiras. Antes de irme, ya sé que es cierto lo que me dijeron.