
Por Alexander Mart
A veces me siento como el hombre de la foto, intentando mantener el equilibrio sobre una cuerda floja tendida entre dos rascacielos. Haciendo malabares en un mundo que me desconcierta. Y me pregunto: ¿Es esto todo lo que queda de aquel primate que una vez bajó de los árboles?
Cuando a la mañana siguiente de haber llegado a Baraulo, el pueblo de la laguna de Roviana en el que viviría durante mi estancia en las Salomón y después del desayuno compuesto de una piña dulcísima y de unos pequeños y exquisitos plátanos, sentí la imperiosa necesidad de ir al baño, unos niños (¡otra vez los niños de las Salomón!) se prestaron a mostrarme el camino. Me condujeron hasta un acantilado que caía vertical unos diez metros sobre la laguna y me señalaron un árbol cuyo tronco crecía horizontal saliendo del acantilado y paralelo al agua. Mire con cara de desconcierto y entonces uno de los niños camino presto por el tronco unos cinco metros y se puso en cuclillas. Fue cuando me di cuenta de lo que me esperaba. El tronco estaba húmedo y resbaladizo, debajo veía las puntas del coral de fuego salir del agua. Hice de tripas corazón y me desplacé con sumo cuidado por el tronco y bajo la mirada escrutiñadora y las risas contenidas de los niños hice lo que tenia que hacer.
Durante mi estancia en las Salomón tuve muchas ocasiones de comprobar la habilidad y prestancia de los pies de los nativos, como si fuesen un segundo par de manos se agarraban sin problemas a todo tipo de superficies resbaladizas, caminaban descalzos sobre los corales de fuego, subían cocoteros de más de quince metros de altura con una velocidad pasmosa. A su lado mis pies parecían dos apéndices atrofiados que tras generaciones encerrados en asfixiantes zapatos habían perdido toda su funcionalidad.
Me acorde de Darwin pero mirando mis pies me resultaba difícil hacerme a la idea que eran el producto de la evolución y la adaptación al medio.
Desde entonces me persigue la duda de si la evolución-atrofiación se limita tan solo a mi cuerpo físico o abarca también otros campos, como mi mente o mi espíritu.
Es difícil como hombre evolucionado mantener el equilibrio sobre la cuerda floja del mundo moderno.
