Por Paula Leyenda
Un día le preguntaron a Álvaro Cunqueiro por qué había decidido residir en la Galicia rural después de haber pasado tanto tiempo en la metrópoli. Él respondió que «si se diera el caso de que el paisaje gallego fuera un rompecabezas, yo me sentiría como una pieza que encaja perfectamente en ese puzzle».
El paisaje es un valor importantísimo. A la hora de comprar o alquilar una vivienda lo percibimos de inmediato, pero tendemos a olvidarlo cuando nos gastamos miles de euros en el comedor, en la última tecnología audiovisual y en cosas que, haciendo más cómoda nuestra vida, terminan aislándonos de nuestro entorno. Ocurre lo mismo en el ámbito laboral. En mi anterior trabajo, mientras hacía un descanso en el trabajo, miraba por la ventana y en un impersonal y gris polígono industrial observaba una multitud de coches invadiendo las aceras, aparcados de cualquier manera, humo, asfalto… lo normal. En Galopín, a través del cristal veo el jardín; después de comer descanso un rato rodeada de árboles, plantas y de alguna luciérnaga despistada, “haciendo un poco la fotosíntesis”, como digo yo. Se nota la diferencia, creo que encajo en este puzzle, de hecho creo que cualquiera encajaría.
Pero vivimos en ámbitos urbanos y rurales cómodos e hiper-tecnologizados rodeados de un notable destrozo ambiental y paisajístico. Parece un signo de nuestra cultura la inmersión en lo íntimo —tantas veces publicitado— y el descuido de lo común, de lo que todos deberíamos disfrutar y proteger. Nuestro paisaje y nuestro entorno se deterioran sin que lleguemos a percibirlo, tal vez por la cantidad de horas que dedicamos a la televisión o porque ya nos hemos acostumbrado a su deprimente aspecto. Pero el respeto al paisaje está mucho más directamente relacionado con la autoestima de lo que creemos. Si no apreciamos lo que tenemos, aquello que nos concierne a todos, difícilmente lo cuidaremos. Las consecuencias están a la vista: hemos terminado avergonzándonos de lo propio e importamos innecesarios productos culturales porque no hemos valorado nuestro paisaje, el suelo en el que deberíamos echar raíces, el terreno en el tendríamos que desarrollar nuestras relaciones comunitarias y que podríamos disfrutar todos juntos.
Y este respeto empieza por nuestro pequeño granito de arena, por la plantación de mil seiscientos árboles comprados a una empresa de economía social de la Fundación Paideia. Tenemos que tomar conciencia de la importancia de nuestro entorno, de la naturaleza que nos rodea, partir de la biofilia para desarrollar una sociedad sana y orgullosa de sus raíces, para criar y socializar niños vitales y felices. De lo pequeño a lo grande, sin cejar en el empeño de avanzar conociéndonos y respetándonos a nosotros mismos. El jardín de nuestra nave industrial, el aprovechamiento que hacemos mediante placas solares de esta energía renovable o la recuperación y reutilización de aguas pluviales; pequeños ladrillos en la construcción de un entorno sostenible, vivible y más acorde con nuestra propia condición.
Muy sabia fue la respuesta de Cunqueiro, porque si no encajamos en nuestro paisaje seremos una sociedad deprimida, carente de la más elemental autoestima. De poco nos van a servir los psicólogos mientras descuidamos nuestro paisaje.