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2 de mayo de 2011

Agua que mata

Por Paula Leyenda

Los lujos no dejan de serlo por mucho que nos acostumbremos a ellos. Dejarán de serlo cuando todo el mundo tenga acceso a ellos.
Muy poco nos paramos a pensar que algo tan prosaico como beber un vaso de agua potable es un privilegio para una buena porción de la población mundial. La malaria, la diarrea y multitud de enfermedades causadas por el consumo de agua no potable siguen diezmando poblaciones y condenando a muerte a miles de niños cada día.
El agua contaminada mata más que la guerra. Y la falta de agua potable no es inevitable. Sólo tenemos que mirar más allá de nuestras fronteras, sobre todo en el África subsahariana, para darnos cuenta de la magnitud de la tragedia y de nuestra responsabilidad por omisión.

16 de marzo de 2011

Premio voluntariado corporativo

Por Paula Leyenda

Galopín Parques, con su iniciativa "Fomento y sostenibilidad del empleo de personas residentes en el ámbito rural", ha sido galardonada como mejor iniciativa empresarial española de los Premios Europeos de Voluntariado Corporativo en la categoría de pymes. El acto de entrega del premio tuvo lugar a finales de febrero en Madrid y la final europea se falla este mes en Londres.

El objetivo de los premios se ha centrado en reconocer prácticas empresariales que, a través de programas de voluntariado, ayuden a la gente en riesgo de exclusión social a potenciar sus aptitudes para obtener y/o mantener un empleo.





Incluyo también el vídeo con un fragmento de la intervención de Francisco Figueroa en el acto de entrega del premio:

13 de enero de 2011

Caballos entre manzanos


Por Paula Leyenda

La finca donde se encuentra ubicada actualmente Galopín está cruzada por el río Cabancos. En el momento en que la empresa se estableció en la zona, tanto los márgenes como el cauce de este río estaban absolutamente degradados; el lugar parecía más una escombrera que un entorno natural.

Para recuperar este ecosistema directamente relacionado con nuestro lugar de trabajo, se comenzó por realizar trabajos de limpieza de residuos sólidos (hasta un coche encontramos), para luego proceder a la necesaria regeneración de la vegetación con flora endémica de las riberas de los ríos gallegos (alisos, abedules, sauces, hiedras…).

Esta actuación, comprometida con la comunidad y el entorno, supuso un revulsivo del lugar e incluso la administración municipal siguió el camino iniciado en la recuperación de zonas adyacentes al río. A día de hoy la ribera del Cabancos es un espacio limpio, un entorno natural agradable para disfrute de todos.

El video que ilustra esta entrada (es un vídeo casero, perdonad por la calidad) hace referencia a uno de estos espacios contiguos a la ribera del río, parte de la finca de Galopín donde se decidió seguir contribuyendo a la recuperación del medio ambiente de la comunidad en la medida de nuestras posibilidades. Esta vez se optó por salvar y recuperar ejemplares de manzanos de variedades tradicionales gallegas, consiguiendo así mantener un conjunto de árboles frutales que no solo han mejorado estéticamente el paisaje, sino que han servido para preservar el patrimonio vivo de la flora autóctona.

Los caballos del vídeo, antes correteaban y pastaban libremente por la finca de la fábrica, pero ahora han subido de categoría y se han convertido en los reyes de As Salgueiras. Allí disfrutan campando a sus anchas y disponen de todos los cuidados que necesitan, tanto desde el punto de vista material (por ejemplo, descansan en cuadras modulares antigolpes) como desde el punto de vista afectivo.

10 de noviembre de 2010

Mal tiempo

Por Paula Leyenda

Estos días estamos teniendo mal tiempo por aquí. Mal tiempo en Galicia es igual a temporal: lluvia, fuerte viento, mar embravecido… a la mayoría de la gente no le gusta ni el viento ni la lluvia, porque nos molesta y condiciona a quedarnos en casa y aplazar ciertas actividades, altera nuestra agenda vital sobrecargada y apresurada. El mal tiempo tiene mala prensa, el propio adjetivo que acompaña la expresión ya lo dice todo, ya nos inclina a odiar los días grises y lluviosos.

Al igual que no nos gusta el mal tiempo, tampoco nos gustan los “caprichos” de la naturaleza, no los aceptamos. El mar debe estar domesticado, rodeado de bonitos paseos marítimos con sus balaustradas, donde antes solo había dunas de arena (mil y un ejemplos de ello tenemos en Galicia); excavamos aparcamientos por debajo del nivel del mar, rellenamos zonas costeras para construir centros comerciales en nombre del progreso y la comodidad… en definitiva, invadimos el espacio legítimo del mar. Y luego llega el mal tiempo, llega el temporal de turno y se lleva el paseo marítimo por delante, inunda carreteras, aparcamientos subterráneos y bajos comerciales, poniéndolo todo patas arriba.

Sinceramente, no puedo evitar una ligera sonrisa cuando esto ocurre, sé que es algo cínico, incluso cruel, porque siempre puede ocurrir alguna desgracia, pero me reconforta esta suerte de justicia poética que la naturaleza se toma por su mano.

Pienso que lo verdaderamente interesante, lo que deberíamos tener en cuenta y extraer como conclusión es que la fuerza de la naturaleza es tan inmensa que cuando se rebela nos muestra lo pequeños y débiles que somos frente a su poder, lo absolutamente baldío de nuestros esfuerzos en ponerle puertas al campo. Pero nosotros, orgullosos y engreídos, en vez de aceptar una convivencia pacífica respetando los límites que claramente nos marca la naturaleza, decidimos envalentonarnos estúpidamente y desafiarla. Y luego pasa lo que pasa, año tras año el mar engulle otra vez el paseo marítimo demandando lo suyo, su territorio, enseñándonos otra vez la misma lección. Ja ja ja, ahí os quedáis.

Nunca aprendemos.

29 de octubre de 2010

Somos animales de manada

Por Paula Leyenda

Aprovecho unos comentarios de este blog y una noticia leída en La Voz de Galicia para hacer una pequeña reflexión sobre la dependencia. Acuden bastantes niños con funcionalidad diversa a As Salgueiras. Se les facilita sesiones de hipoterapia sin pedirles nada a cambio, encuentran un espacio para el juego y la integración en el que las pequeñas sillas de ruedas no son obstáculo para la diversión y todos lo pasamos genial.

Aunque hay instituciones que cobrarían un dineral sólo por proporcionar un espacio de integración y juego a personas con discapacidad, nadie en As Salgueiras tiene conciencia de estar siendo especialmente generoso. Y la finca no recibe ni un euro del dinero público. Ayudar a los demás es tan natural en As Salgueiras como la hierba que crece en sus prados. ¿Por qué se pueden divertir tanto allí los niños con discapacidad? Creo que todos tenemos una solidaridad espontánea que en As Salgueiras se intenta potenciar. En cierto modo, los seres humanos somos “animales de manada” y cuidamos unos de otros. Nuestras relaciones no se limitan a la estricta justicia, también atendemos al débil o al dependiente sin esperar otra cosa que su satisfacción. Nuestra ayuda puede buscar que una persona termine valiéndose por sí misma, que sea autosuficiente. Pero también nuestra ayuda puede orientarse a que esa persona no perciba sus limitaciones o su dependencia como un estigma que le margina, como algo que le impide formar parte de una comunidad como uno más. Ancianos, personas con discapacidad o enfermas,… son dependientes. Pero, en el fondo, todos somos dependientes. Todos tenemos o podemos tener algo que nos hace vulnerables, aunque sea algún defecto de nuestro carácter o de nuestra forma de ser. Y esperamos que sea comprendido por los demás. Y cuando somos comprendidos de forma natural, sin pagar un extra por nuestra dependencia, es cuando formamos parte de una comunidad, cuando nos integramos y cooperamos con los demás.

Los problemas vienen cuando dependemos de cosas o de instancias burocráticas que no nos tratan como personas, sino como números. Es lo que les ocurre a esos niños a los que los servicios públicos les han conducido a una situación kafkiana y deben ir en taxi todos los días desde el colegio al comedor, tal y como leemos en la noticia de La Voz de Galicia. Y es lo que en alguna medida nos ocurre a todos en una sociedad burocratizada, consumista e impersonal como la nuestra.

15 de octubre de 2010

La burra

Por Paula Leyenda

Nos contaron esta historia en As Salgueiras: dos pequeños empresarios de la misma zona decidieron invertir, cada uno por su cuenta, en casas de turismo rural.
Uno de ellos hizo lo que pudo. No sabemos si por falta de medios, o para darle un aire más rústico, dejó la casa con un aspecto no muy cuidado. Al poco, conoció a un paisano que tenía un prado en el que pastaban una yegua con su potrillo. Le ofreció al dueño participar en el cuidado de los animales porque, pensó, podían ser un atractivo para los visitantes. El segundo inversor en turismo rural puso más empeño en que la casa tuviera un buen aspecto y un ambiente agradable. La decoró bien, adornó la fachada, se preocupó de cada detalle y dotó a las habitaciones del confort adecuado. Así los turistas se sentirían en el campo como en su propia casa.

Pasado el tiempo, pese a que su instalación no era muy cómoda, al primer empresario no dejaban de llamarle por teléfono los turistas. Y lo que les interesaba muy especialmente era cerciorarse de que, si hacían la reserva, podrían ver y acariciar a la yegua y al potrillo. Eran toda una atracción.
Todo el que pernoctaba en su casa quería repetir el año siguiente.
Siempre, eso sí, que se pudiera gozar de la compañía de aquellos animales.
El segundo empresario, el de la casa hecha y derecha, no daba crédito a lo que ocurría. Le dijo al otro: «Es increíble. Nos esforzamos muchísimo para cuidar a nuestra clientela y que repitan visita… Y tu yegua, sin hacer nada, ¡hace más que nosotros!» Nuestro afanoso segundo empresario no advirtió cómo, de forma espontánea, podemos llegar a empatizar con los animales. Las comodidades pueden pasar a un muy segundo plano al lado de las relaciones que establecemos con un animal. Cualquier coche es más cómodo que un caballo. Sin embargo, al margen de su funcionalidad, la relación que tenemos con un coche es emocionalmente muy pobre comparada con la que podemos tener con un caballo.
El segundo empresario, por suerte, sabía adaptarse a las situaciones: acogió a una burra en su casa rural. Y ahora recibe llamadas de los turistas que, antes de hacer la reserva, quieren asegurarse de que la burra sigue allí, porque sus hijos preguntan cuándo irán otra vez a la casa de la burrita.
Nos contaron esta historia, verídica y con protagonistas con nombre y apellidos, para explicarnos en qué consiste la biofilia que se estimula en As Salgueiras.

20 de septiembre de 2010

El paisaje y lo propio

Por Paula Leyenda

Un día le preguntaron a Álvaro Cunqueiro por qué había decidido residir en la Galicia rural después de haber pasado tanto tiempo en la metrópoli. Él respondió que «si se diera el caso de que el paisaje gallego fuera un rompecabezas, yo me sentiría como una pieza que encaja perfectamente en ese puzzle».

El paisaje es un valor importantísimo. A la hora de comprar o alquilar una vivienda lo percibimos de inmediato, pero tendemos a olvidarlo cuando nos gastamos miles de euros en el comedor, en la última tecnología audiovisual y en cosas que, haciendo más cómoda nuestra vida, terminan aislándonos de nuestro entorno. Ocurre lo mismo en el ámbito laboral. En mi anterior trabajo, mientras hacía un descanso en el trabajo, miraba por la ventana y en un impersonal y gris polígono industrial observaba una multitud de coches invadiendo las aceras, aparcados de cualquier manera, humo, asfalto… lo normal. En Galopín, a través del cristal veo el jardín; después de comer descanso un rato rodeada de árboles, plantas y de alguna luciérnaga despistada, “haciendo un poco la fotosíntesis”, como digo yo. Se nota la diferencia, creo que encajo en este puzzle, de hecho creo que cualquiera encajaría.

Pero vivimos en ámbitos urbanos y rurales cómodos e hiper-tecnologizados rodeados de un notable destrozo ambiental y paisajístico. Parece un signo de nuestra cultura la inmersión en lo íntimo —tantas veces publicitado— y el descuido de lo común, de lo que todos deberíamos disfrutar y proteger. Nuestro paisaje y nuestro entorno se deterioran sin que lleguemos a percibirlo, tal vez por la cantidad de horas que dedicamos a la televisión o porque ya nos hemos acostumbrado a su deprimente aspecto. Pero el respeto al paisaje está mucho más directamente relacionado con la autoestima de lo que creemos. Si no apreciamos lo que tenemos, aquello que nos concierne a todos, difícilmente lo cuidaremos. Las consecuencias están a la vista: hemos terminado avergonzándonos de lo propio e importamos innecesarios productos culturales porque no hemos valorado nuestro paisaje, el suelo en el que deberíamos echar raíces, el terreno en el tendríamos que desarrollar nuestras relaciones comunitarias y que podríamos disfrutar todos juntos.

Y este respeto empieza por nuestro pequeño granito de arena, por la plantación de mil seiscientos árboles comprados a una empresa de economía social de la Fundación Paideia. Tenemos que tomar conciencia de la importancia de nuestro entorno, de la naturaleza que nos rodea, partir de la biofilia para desarrollar una sociedad sana y orgullosa de sus raíces, para criar y socializar niños vitales y felices. De lo pequeño a lo grande, sin cejar en el empeño de avanzar conociéndonos y respetándonos a nosotros mismos. El jardín de nuestra nave industrial, el aprovechamiento que hacemos mediante placas solares de esta energía renovable o la recuperación y reutilización de aguas pluviales; pequeños ladrillos en la construcción de un entorno sostenible, vivible y más acorde con nuestra propia condición.

Muy sabia fue la respuesta de Cunqueiro, porque si no encajamos en nuestro paisaje seremos una sociedad deprimida, carente de la más elemental autoestima. De poco nos van a servir los psicólogos mientras descuidamos nuestro paisaje.