15 de octubre de 2010

La burra

Por Paula Leyenda

Nos contaron esta historia en As Salgueiras: dos pequeños empresarios de la misma zona decidieron invertir, cada uno por su cuenta, en casas de turismo rural.
Uno de ellos hizo lo que pudo. No sabemos si por falta de medios, o para darle un aire más rústico, dejó la casa con un aspecto no muy cuidado. Al poco, conoció a un paisano que tenía un prado en el que pastaban una yegua con su potrillo. Le ofreció al dueño participar en el cuidado de los animales porque, pensó, podían ser un atractivo para los visitantes. El segundo inversor en turismo rural puso más empeño en que la casa tuviera un buen aspecto y un ambiente agradable. La decoró bien, adornó la fachada, se preocupó de cada detalle y dotó a las habitaciones del confort adecuado. Así los turistas se sentirían en el campo como en su propia casa.

Pasado el tiempo, pese a que su instalación no era muy cómoda, al primer empresario no dejaban de llamarle por teléfono los turistas. Y lo que les interesaba muy especialmente era cerciorarse de que, si hacían la reserva, podrían ver y acariciar a la yegua y al potrillo. Eran toda una atracción.
Todo el que pernoctaba en su casa quería repetir el año siguiente.
Siempre, eso sí, que se pudiera gozar de la compañía de aquellos animales.
El segundo empresario, el de la casa hecha y derecha, no daba crédito a lo que ocurría. Le dijo al otro: «Es increíble. Nos esforzamos muchísimo para cuidar a nuestra clientela y que repitan visita… Y tu yegua, sin hacer nada, ¡hace más que nosotros!» Nuestro afanoso segundo empresario no advirtió cómo, de forma espontánea, podemos llegar a empatizar con los animales. Las comodidades pueden pasar a un muy segundo plano al lado de las relaciones que establecemos con un animal. Cualquier coche es más cómodo que un caballo. Sin embargo, al margen de su funcionalidad, la relación que tenemos con un coche es emocionalmente muy pobre comparada con la que podemos tener con un caballo.
El segundo empresario, por suerte, sabía adaptarse a las situaciones: acogió a una burra en su casa rural. Y ahora recibe llamadas de los turistas que, antes de hacer la reserva, quieren asegurarse de que la burra sigue allí, porque sus hijos preguntan cuándo irán otra vez a la casa de la burrita.
Nos contaron esta historia, verídica y con protagonistas con nombre y apellidos, para explicarnos en qué consiste la biofilia que se estimula en As Salgueiras.

1 comentario:

  1. Esta claro, si quisiera ver piezas de museo o exquisita arquitectura. los clientes se quedarían en Madrid.

    todavía mucha gente que se ha dedicado al turismo rural no se ha dado cuenta y por eso la estancia media es tan reducida.

    ánimo y a comprar burras que además ayudan a desbrozar las malas hierbas.

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