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16 de mayo de 2012

LA AMISTAD


Tojo en Flor
Hace ya algunos años de esto… era yo muy chiquitín. En esa época todavía iba mi abuelo a “rozar”  el “toxo” al monte con la hoz, más por entretenimiento  que por obligación. Para quién no sepa en qué consiste esta actividad, “rozar” es segar el tojo con el que después se esparcían las cuadras de los animales para de ahí sacar el estiércol. 
Yo, siempre que podía, me encantaba acompañarle. Era siempre el mismo ritual: lo primero afilar la hoz en la “moa” con su sonido característico que  ya me alegraba cuando lo escuchaba a medida que me iba aproximando a su casa. Por supuesto, tenía otra pequeña hoz para mi, a mi medida; quien me iba a decir a mí que cuando, al igual que la suya, afilaba en esa moa, lo que hacía en realidad era “desafilarla” para que no me pudiese hacer daño… 
Camino del monte...
Y ahí nos íbamos los dos, camino del monte. El primer montón que segaba, pues así se iba dejando, en montones o “gabelas”, era siempre el más mullidito, hecho de helechos y otros arbustos sin espinas. Esto era así porque, como cada día, un poco más tarde llegaría Ramón, compañero y amigo del alma de mi abuelo, se sentaba en su “gabela” y empezaban las eternas discusiones que, quien no les conociese,  diría que eran de todo menos amigos… 

Ramón, durante un tiempo estuvo afectado de una enfermedad que, bien por la enfermedad o  por la medicación, se quedaba dormido con mucha  facilidad, dejando la discusión a medio terminar. Mi abuelo, sacaba su chaqueta para taparle al tiempo que me advertía  – “neno, non fagas ruido eh, deixao durmir…” Siempre diré que pocas personas hacían tanta justicia a su nombre como mi abuelo, Benigno. Cuando Ramón se despertaba, mi abuelo continuaba la discusión en el punto que la había dejado como si nada hubiese pasado. 
                                                           
Pasaron los años, yo me fui a hacer mi vida y mis estudios y mi abuelo decidió partir de entre nosotros, a buscar otros montes. Para mí fue un duro golpe, ya sé que, como se dice en mi tierra “iba na súa hora”, pero era mi abuelo y le quería con toda mi alma. Estando en el velatorio, una figura familiar asomó por la puerta, muy encorvada  a duras penas conseguía caminar apoyado en su bastón, allí estaba Ramón. Nos abrazamos y dejamos que fuesen nuestras lágrimas las que sustituyeran a las palabras.
No sé si en ese lugar a donde dicen que vamos habrá monte, desde luego si lo hay estoy seguro que Ramón encontraría su “gabela” esperándole, igual que sé que una hoz, (espero que más grande y más afilada), allí estará preparada…

 *A esa personita, que tanto me quiso y que tanto me enseñó en esa asignatura, la más difícil y complicada que es ser Persona.