1 de febrero de 2011

Comunicación superficial

Por Miguel Moreno

De nuestra condición animal —los medievales denominaron al hombre dentro de la escala animal «bípedo implume»— podemos deducir que tenemos conductas naturales e instintos que se manifiestan en toda cultura y sociedad. El etólogo austriaco Irenäus Eibl-Eibesfeldt, discípulo aventajado de Konrad Lorenz, hizo en su día un estudio etológico de la conducta humana en las modernas sociedades de masas.

Eibl-Eibesfeldt detectó que, al igual que otras especies, el primate humano tiene dos tendencias en su sociabilidad: procura establecer contactos con miembros de su especie; pero, al mismo tiempo, posee una disposición innata a desconfiar de los extraños. Esta ambivalencia en nuestra conducta la observó en humanos recién nacidos: lo mismo sonríen al extraño que lloran cuando éste les coge apartándolos de los brazos de su madre. En todas las culturas y civilizaciones, Eibl-Eibesfeldt comprobó que en los humanos coexistía el instinto de sociabilidad con la reacción de temor ante los extraños. Cuando el humano se hace adulto, adquiere familiaridad con su grupo y establece un estrecho contacto con los miembros que lo componen. Sus reacciones de desconfianza, entonces, se focalizan hacia quienes no forman parte de su tribu, pueblo, o vecindad.

El progreso en las comunicaciones y los asentamientos urbanos con mayor densidad de población han dado lugar a que los contactos con extraños sean más habituales y, por tanto, a que las reacciones del espécimen humano ante los desconocidos sean menos agresivas. Sin embargo, el etólogo austriaco comprueba que en las sociedades de masas los continuos contactos con extraños dan lugar a lo que denomina «la sociedad de la desconfianza», a una conducta reservada y algo esquiva. Brotan tendencias asociales y el ser humano suele recluirse en una intimidad en la que se siente protegido. Pero esto le conduce a la soledad, al aislamiento, y a la insatisfacción por su incomunicación en medio de la masa. Predomina en las ciudades una «desatención cortés». La saturación de comunicaciones obliga a establecer relaciones muy superficiales con los semejantes en las que no hay una implicación personal. El individuo se limita a proceder con urbanidad pero manteniendo las distancias.

Tendemos a comunicarnos con los medios modernos, sobre todo con la TV e Internet. Pero nuestra comunicación es muy pobre y superficial. No es extraño que emerja el mito de la media naranja: encontrar a alguien con quien nos comuniquemos a la perfección y que acabe definitivamente con nuestro aislamiento.

8 comentarios:

  1. Te felicito por esta entrada Miguel, ¡me ha encantado! Personalmente, echo de menos en la interacción social del día a día, la calidad de la comunicación no verbal… o diría más bien su “calor”. El calor de una mirada recíproca por ejemplo. Muy pocas personas miran realmente a los ojos de su interlocutor, como si temiesen encontrarse a si mismos en los ojos de quienes los miran. El “eye contact”, la sonrisa social, una mano en el hombro… gesto sencillos y humildes que nos acercarían mucho más a nuestros iguales, que mejorarían nuestra comunicación y nuestro entendimiento.

    Me gusta como lo has definido “el individuo se limita a proceder con urbanidad pero manteniendo las distancias”. Para mí, sólo la palabra INDIVIDUO ya lo dice todo…individualidad en nuestro proceder diario… Algo muy contradictorio con nuestra cualidad inherente de “ser sociable”…

    Quizás anhelemos mucho esa media naranja, pero estoy segura de que si a esa media naranja le sumásemos unos cuantos medios limones, combatiríamos mejor el aislamiento…

    ResponderEliminar
  2. Estoy totalmente de acuerdo Miguel. Yo todavía tuve el privilegio de haberme criado en una aldea. Pero una verdadera aldea, donde las casas permanecían siempre abiertas, si llave, donde se entraba sin llamar dando unas voces a la entrada para anunciar tu presencia, donde los niños jugabamos en grupo en las "eiras" y los vecinos se ayudaban sin ni siquiera tener que pedirlo. Supongo que seriamos una de esas "tribus" donde el individuo éramos toda la aldea. Te refieres a las grandes urbes cuando dices que el contacto con extraños es más habitual y esto nos ha hecho más desconfiados. Pero sin embargo, la misma aldea que refería y en la que transcurrió mi infancia, hoy en día practicamente no ha variado, ni en densidad de población ni en tamaño, pero sin embargo sí han desaparecido prácticamente todas las manifestaciones de proximidad y confianza de las que hablaba antes. La aldea no ha cambiado pero si el estilo de vida de las personas... A fin de cuentas el urbanismo se apoderó hasta de la aldea... Que pena...
    Pero lo de la media naranja... Ahora entiendo yo porque no la doy encontrado... ;))

    ResponderEliminar
  3. En efecto, Ana, empleo la expresión individuo porque en lo que en Sociología se entiende como masa las personas renuncian a su identidad, a sus peculiaridades y siguen unas pautas de conducta estereotipadas. Así, tiene lógica que la comunicación entre las personas sea abstracta, carente de calidez y de una implicación auténtica entre los interlocutores. De ahí el eslogan «bienvenido a la república independiente de tu casa». Sólo en el marco de nuestra intimidad nos mostramos tal y como somos. Es muy razonable que en la intimidad seamos más espontáneos, pero sospecho que no es natural la abrupta escisión entre vida privada y vida pública en la sociedad actual: en casa seríamos soberanos y en la calle seres anónimos. En este contexto, aparecerá la «media naranja», pero será difícil encontrar a esos «medios limones» en una red de relaciones efímeras y coyunturales.

    Yo no tuve la suerte de crecer en una aldea, Antonio. En el Madrid de los años 70 eras tan extraño a 5 metros del portal de tu casa que a 50 kilómetros. Sin embargo, pasé muchos veranos en un pueblecito de Madrid en el que todos los chavales nos conocíamos y formábamos una pandilla. Lo recuerdo con nostalgia. Tampoco es ahora el mismo pueblo. Al igual que en tu aldea, han desaparecido todas esas relaciones de proximidad. Los medios de comunicación tienen mucho que ver con ello. No es lo mismo jugar una partida de cartas en el bar con los amigos que pasar horas y horas viendo la tele o navegando por Internet. Aunque demográficamente una aldea pueda ser una población rural, sociologicamente puede estar urbanizada si quienes la habitan interiorizan los valores y pautas de conducta que transmiten los medios de comunicación.

    Y sobre la media naranja, el problema no creo que sea tanto encontrarla —las estadísticas están ahí— como idealizarla, frustrase, cambiarla por otra y así sucesivamente, o sea, introducir en nuestra intimidad esa comunicación superficial que predomina en la sociedad de masas.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  4. no quisiera salirme del hilo de la entrada, porque me parece muy buena, pero con lo relación a lo comenta Antonio quizás tenga que ver lo que los psicólogos llaman "el síndrome de información global". Hoy en día la televisión nos bombardea con desgracias, con asesinatos, con violencia por doquier... Esto está provocando en la gente mucha desconfianza y confinamiento interior, en el interior de nosotros mismos y en el interior de nuestras casas. Yo estoy muy de acuerdo y me ha parecido muy acertado tu descripción Antonio. Yo me crié igualmente en una aldea como la que describes y hoy también es como tú cuentas. Incluso los vecinos de mi portal del edificio nos saludamos con dificultad. Es curioso. Hasta podría analizarlo en mi propio comportamiento. Mi abuela siempre me decía cuando pasaba un vecino desconocido por la puerta de casa: "hai que saludar á xente, que os porcos cando se cruzan tamén se gruñen e son porcos". Creo que no hace falta traducirlo.

    ResponderEliminar
  5. Lo que estáis comentando da como para escribir páginas y páginas, opino que es uno de los temas relevantes de nuestro tiempo, está ocurriendo a escala mundial; esa impersonalidad defensiva inherente al ámbito urbano, el déficit de socialización (y la alienación y disfunciones cognitivas, emocionales y de comportamiento que conlleva esa carencia, al ser el humano un animal social) así como la progresiva "colonización" del ámbito rural por lo urbano, convirtiéndose aquél en fenómeno periférico de la urbe, un lugar de referencia casi entnográfica a los orígenes al que se accede en el tiempo libre a través de modernas y rápidas vías de comunicación.
    Con un pie entre la sierra madrileña y el otro en la campiña gallega, cuando paso el túnel de Guadarrama por la AP6 veo Madrid extendiendo sus tentáculos hasta la misma sierra a través de infraestructuras, centros comerciales y de ocio y urbanizaciones dormitorio, no-lugares de relaciones impersonales, de chalets adosados, muy diferentes a lo que en su día fueron pueblos serranos y que son como la pesadilla de aquel sueño utópico de la ciudad jardín de Ebenezer Howard, que sí pretendía fomentar la socialización. Buen ejemplo de esa pesadilla distópica es la conurbación de urbanizaciones de la zona Pozuelo-Majadahonda-Las Rozas, que sin embargo cuenta con el mayor nivel adquisitivo de toda España.

    ResponderEliminar
  6. Me parece ejemplarizante lo que exponéis. Este cambio ha ocurrido en apenas unas generaciones, y empezó con el éxodo del medio rural al urbano de la emigración interior en la España de los años 60.
    Yo pasé mi primera infancia justo en el límite de una pequeña ciudad de provincias adormecida en su pasado histórico, jugué con niños del barrio, corrí entre los campos de cereal, salté entre los arroyos, pesqué aquellos cangrejos de río de antaño, busqué grillos, ví ranas y renacuajos... luego pasé a la periferia madrileña, bordeando "el campo", y aún pude mantener algo de aquello, como lo de ver renacuajos en charcas y arroyos estacionales, y ciervos volantes —ese lugar es hoy parte plena de la ciudad, sin hueco para el campo, y los arroyos se han conducido no sé muy bien si a la red de pluviales o directamente al alcantarillado— hoy no es fácil ofrecer a mis hijos aquellas oportunidades de juego natural, de vivencia y de socialización que yo tuve, aunque procuro hacerlo (al menos los veranos en Galicia han podido ver fagalumes y vacalouras y triscar entre los brezos); lo más difícil durante el curso es la relación con otros niños fuera de los espacios y tiempos acotados y regularizados.
    Escribo esto no desde la ensoñación añorante de un pasado mejor e idealizado, pero sí que creo que es necesario encontrar soluciones que compensen estas pérdidas y déficits con los que nos encontramos actualmente.

    ResponderEliminar
  7. Hace algún tiempo mencionábamos los relevantes trabajos de los años 70/80 y alguno posterior sobre el medio rural del académico José Fariña Jamardo, que me parecen interesantes respecto a lo que estamos hablando, entre ellos los libros "El hábitat gallego", "A parroquia rural en Galicia", "El pequeño mundo de la vida local" o "Agonía y muerte del municipio rural", son difíciles de encontrar pero en bibliotecas en Coruña y Santiago se pueden consultar.
    También el catedrático de urbanismo José Fariña Tojo tiene entre otros libro de interés el titulado "Los asentamientos rurales en Galicia", igualmente difícil de localizar, es una obra que merece su consulta.

    ResponderEliminar
  8. Ana, Antonio, Ser y Francisco, muchas gracias por vuestros inteligentes comentarios.

    Saludos

    ResponderEliminar

Deja tu comentario en As Salgueiras