10 de enero de 2014

DOS HOMBRES QUE PLANTABAN ÁRBOLES

Quienes hayan optado por regalar libros en las pasadas fiestas se habrán encontrado con la agradable sorpresa de encontrar en los anaqueles de novedades una reedición del clásico de Jean Giono, "El hombre que plantaba árboles". La editorial Duomo ha recuperado este hermoso relato de 1953 y lo presenta con ilustraciones de Joëlle Jolivet y dos "pop-ups" que suponen un reclamo perfecto para introducir a los niños en esta historia sobre la importancia de los pequeños gestos, de la tenacidad humana y del poder transformador de la naturaleza.

El protagonista del cuento es Eleazar Bouffier, un pastor que, al enviudar, decide dedicar su tiempo a recuperar el inhóspito paisaje de un árido valle de los Alpes. Incansable, hace agujeros en el suelo con su bastón y va dejando caer en cada uno de ellos una de las bellotas que ha recogido previamente. La acción comienza en 1910 y remata en 1947. Entre medias, Europa ha conocido la salvaje devastación de dos guerras y, sin embargo, gracias al trabajo altruista de Bouffier, que sus convecinos desconocen, el valle, su valle, se ha transformado en un vergel paradisíaco.

Escultura vegetal en el jardín botánico de Montreal
El personaje de Bouffier tiene un curioso antecedente norteamericano en Benjamin Driscoll, el protagonista de "La mañana verde", uno de los relatos que Ray Bradbury incluyó en su libro "Crónicas Marcianas", publicado en 1950. Aunque la etiqueta de ciencia-ficción desanima a muchos lectores, "Crónicas Marcianas" utiliza las expediciones a Marte como excusa para abordar la censura, el racismo, la relación del hombre con la naturaleza o los miedos de la América de posguerra, con el temor a un holocausto nuclear. En "La mañana verde" Driscoll es un joven emigrante que desea labrarse un nuevo futuro en el planeta rojo. Sin embargo, su precario estado de salud sufre a causa del enrarecido aire de un mundo casi desértico; los médicos le aconsejan que desista y regrese a la Tierra. Lejos de desanimarse, Driscoll hace lo mismo que Bouffier: dedicarse a plantar árboles hasta caer extenuado... Cuando despierte, ni él ni el planeta serán ya los mismos.


Resulta curioso que con apenas unos años de diferencia, en plena década de los 50, en orillas opuestas del Atlántico, dos escritores tan diferentes como Bradbury y Giono hayan optado por convertir a los árboles, y a quienes los plantan, en protagonistas de sus relatos. Faltan todavía dos décadas para que el movimiento ecologista cristalice y se instale, definitivamente, en las conciencias y en las agendas internacionales. Quizá el impacto causado por la II Guerra Mundial haya actuado como detonante. Después de ver la capacidad de destrucción del ser humano, ambos autores decidieron hacer un cántico por la capacidad de curación; después de ver los efectos de tantas ideologías totalitarias en las que el individuo desaparecía convertido en peón desechable al servicio de objetivos perversos, Driscoll y Bouffier son personajes que reivindican la capacidad del hombre para decidir por sí mismo, para cambiar su destino y para mejorar el entorno en el que vive.

En As Salgueiras nos sentimos herederos de esta filosofía. Todo lo que hacemos empezó, como sabéis, plantando árboles dónde antes había un vertedero. Y cuando encontramos el lugar adecuado para montar nuestro centro de terapias equinas nos ocupamos, ante todo, de recuperar el entorno natural y de plantar especies autóctonas. Porque plantar un árbol es un favor que nos hacemos a nosotros mismos, un regalo que ofrecemos a todos los demás y una apuesta hecha desde el convencimiento de que el futuro puede ser, podemos hacerlo, un poco mejor.






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