29 de octubre de 2010

Somos animales de manada

Por Paula Leyenda

Aprovecho unos comentarios de este blog y una noticia leída en La Voz de Galicia para hacer una pequeña reflexión sobre la dependencia. Acuden bastantes niños con funcionalidad diversa a As Salgueiras. Se les facilita sesiones de hipoterapia sin pedirles nada a cambio, encuentran un espacio para el juego y la integración en el que las pequeñas sillas de ruedas no son obstáculo para la diversión y todos lo pasamos genial.

Aunque hay instituciones que cobrarían un dineral sólo por proporcionar un espacio de integración y juego a personas con discapacidad, nadie en As Salgueiras tiene conciencia de estar siendo especialmente generoso. Y la finca no recibe ni un euro del dinero público. Ayudar a los demás es tan natural en As Salgueiras como la hierba que crece en sus prados. ¿Por qué se pueden divertir tanto allí los niños con discapacidad? Creo que todos tenemos una solidaridad espontánea que en As Salgueiras se intenta potenciar. En cierto modo, los seres humanos somos “animales de manada” y cuidamos unos de otros. Nuestras relaciones no se limitan a la estricta justicia, también atendemos al débil o al dependiente sin esperar otra cosa que su satisfacción. Nuestra ayuda puede buscar que una persona termine valiéndose por sí misma, que sea autosuficiente. Pero también nuestra ayuda puede orientarse a que esa persona no perciba sus limitaciones o su dependencia como un estigma que le margina, como algo que le impide formar parte de una comunidad como uno más. Ancianos, personas con discapacidad o enfermas,… son dependientes. Pero, en el fondo, todos somos dependientes. Todos tenemos o podemos tener algo que nos hace vulnerables, aunque sea algún defecto de nuestro carácter o de nuestra forma de ser. Y esperamos que sea comprendido por los demás. Y cuando somos comprendidos de forma natural, sin pagar un extra por nuestra dependencia, es cuando formamos parte de una comunidad, cuando nos integramos y cooperamos con los demás.

Los problemas vienen cuando dependemos de cosas o de instancias burocráticas que no nos tratan como personas, sino como números. Es lo que les ocurre a esos niños a los que los servicios públicos les han conducido a una situación kafkiana y deben ir en taxi todos los días desde el colegio al comedor, tal y como leemos en la noticia de La Voz de Galicia. Y es lo que en alguna medida nos ocurre a todos en una sociedad burocratizada, consumista e impersonal como la nuestra.

27 de octubre de 2010

La muerte tiene gancho

Por Xulio Correa.
La muerte tiene interés, es recurrente en la literatura y habitual en los telediarios, la muerte es el final y cuanto más importante sea lo que se acaba más repercusión mediatica tendrá, la muerte mueve a la gente, miles de personas visitan cada dia en Roma el cadáver del imperio romano e imaginan la vida en la època de los emperadores, miles de personas visitan cada verano los glaciares de los Alpes y de Noruega, imaginan su esplendor, ven sin usar sus ojos el hielo ya derretido y se fotografian ante el blanco-azul moribundo.
Pero atención, cuando el glaciar se muere, nace el río.

He titulado esta imagen "Hazme una foto en La Mer de Glace"

Y José Luis Garia Herrera ha titulado este poema "Briksdalsbreen, lengua de glaciar"
No te engañe la vista ni el corazón se exceda
al robarte la memoria de la sangre.
Frente a ti yace el mar. Sólido y rotundo
como antaño fuera sobre el fuego de la tierra.
Pero este mar llora en la ladera del tiempo
y su frialdad cede ante nuestras voces
y nuestras huellas de asfalto y carretera.
Mas no te engañen tus ojos rociados por sales de plata.
Esta quietud soberbia imita el bandoneón de las olas
y a ellas acuden aves fugitivas de la noche eterna.
El mar fue hielo. Hielo azul. Azul misterio.

25 de octubre de 2010

Anestesia


Por Miguel Moreno


Este viernes en As Salgueiras un odontólogo equino le extrajo un diente a un poni. Es indudable que los avances científicos nos han beneficiado mucho: ir hoy al dentista es desagradable, pero debía ser algo realmente espantoso que te sacaran una muela sin anestesia.

Es sabido que la aplicación de ciertos avances tecnológicos trae consigo algunos efectos secundarios no deseados. El más conocido es el deterioro medioambiental, pero no es el único. En el transfondo del progreso tecnológico late en ocasiones un optimismo rayano en la ingenuidad. Después de leer cómo llega a manipular el ser humano a un animal tengo mis dudas sobre nuestros posibles éxitos manipulándonos a nosotros mismos, o a nuestros hijos, con la biotecnología. No me estoy refiriendo a los avances médicos en la genética, sino a la pretensión de diseñar a nuestros hijos a la carta, sin ningún defecto, inteligentes, rubios, altos, con ojos claros,...

El problema medioambiental no es el único efecto nocivo que ha provocado nuestra civilización tecnológica. También nuestra sociabilidad acusa un importante deterioro y se han erosionado nuestros vínculos comunitarios. Recuerdo un anuncio publicitario en el que una agobiada madre pedía ayuda a su familia para fregar los platos después de la sobremesa. De inmediato, hijos y marido desaparecían raudos de su vista y quedaba sola en la cocina ante una montaña de sartenes y platos grasientos. Afortunadamente, la tecnología acudía presta en su ayuda. No tenía que preocuparse gracias al nuevo lavaplatos «xzy», que lavaba todo dejándolo resplandeciente. Qué alivio. El spot concluía con la sonrisa de la madre henchida de gozo junto al lavaplatos que se anunciaba. Pero por maravilloso que fuera el electrodoméstico, a mí me habría deprimido bastante la situación de esa madre. Es importante un mínimo de comodidades, pero mucho más importante es que tu familia esté dispuesta a echarte una mano cuando lo necesitas. Digo yo. Lo que me parecía más preocupante no era el anuncio en sí, sino el hecho de que algo tan poco simpático pudiera conectar con un público amplio, hasta el punto de que los publicistas lo concibieran como algo con gancho.

La tecnología nos hace más cómoda la vida, estupendo. Pero puede anestesiarnos como seres humanos cuando recurrimos a ella para que sustituya a la naturaleza y a nosotros mismos en aquello que no nos debe sustituir.

23 de octubre de 2010

Huevos terapéuticos

Por Manu Iglesias

El abuelo Tino tiene unas gallinas paisanas que viven como unas reinas picoteándolo todo debajo de los manzanos. Ponen unos huevos de excelente calidad, pero no sólo es su calidad lo que les otorga valor. Desde que se hizo con esas gallinas, el abuelo se dedica muy solícito al cuidado y alimentación de las aves. Las gallinas le conocen y corren detrás de él cuando ven que les prepara una verdura o los restos de arroz que han sobrado de la comida. Nunca olvida llevar a sus gallinas arenas de concha o espinas machacadas, pues dice que son lo mejor para que tengan una buena digestión. El abuelo Tino ha llegado a apreciar tanto a sus hermosas gallinas que, cuando la gente le aconseja que las mate para hacer un caldo, porque son viejas y han dejado de poner, él contesta: "Yo también soy viejo, y no quisiera que nadie me matara por serlo".

Aunque los huevos son un trofeo a su esmerada dedicación, todo indica que el abuelo no busca rentabilidad en su producción. Los que recolecta en una semana no pagarían ni la gasolina que gasta cuando se desplaza a la finca que tiene a las afueras de la ciudad para atender a sus gallinas. Desde un punto de vista económico, esos huevos serían los más caros del mundo. ¿Por qué el abuelo Tino atiende entonces tan laboriosamente a sus gallinas? Porque es feliz cuidándolas. Y los huevos que todos alabamos le hacen sentirse bien. Él hace posible que sus gallinas pongan tan magníficos huevos, y en ellos percibe su propia valía y la de sus gallinas. Se desvela tanto en sus cuidados que pensando en ellas no se acuerda de sus achaques.

Cuando las gallinas le ven llegar, corren detrás de él, se dejan coger y, en sus enormes manos curtidas por el trabajo, se vuelven tiernas mientras él las acaricia y les habla. Las conoce a todas por su nombre y le encanta mostrar cómo acuden de inmediato a su llamada, como si les fuera la vida en ello. Viendo esa escena, nos preguntamos cuántas pastillas y visitas al médico se ahorra el abuelo: no tiene tiempo ni ganas de estar en salas de espera de consultorios médicos; está ocupado en la producción de los huevos de tan felices gallinas. Le resultan muy aburridas las conversaciones sobre la salud que suelen tener las personas de su edad. Así pues, parece que al abuelo Tino le salen muy caros los huevos, pero se ahorra un buen dinero en consultas y medicamentos. Son unos huevos muy terapéuticos.

22 de octubre de 2010

Biofilia y paisaje


Por Francisco Figueroa

Cuando hablamos de Biofilia expresamos una sensibilidad hacia los seres vivos, mayormente a los animales y plantas, y por ende con el propio proceso de la vida. En la acepción clásica de Edward O. Wilson, quien acuñó el término hace un cuarto de siglo definiéndolo prácticamente en el mismo título de su libro Biophilia. The human bond with other species [Biofilia. El vínculo humano con otras especies] correspondería a nuestra “tendencia innata a fijarnos en la vida y en los procesos vitales”, o sea, “en el grado en que llegamos a entender otros organismos les damos más valor, a ellos y a nosotros mismos”. Para ello Wilson partió de un concepto homónimo, la biofilia de Eric Fromm.

Desde ahí se ha venido entendiendo como el amor a la vida, y sería algo que llevamos muy dentro, una necesidad psicológica profunda, y algo que tal vez podría estar presente de algún modo en el genoma; recuerdo al respecto una memorable entrevista de Eduard Punset a Edward Wilson.

A mí me gusta el sentido que le venimos dando en As Salgueiras, la afinidad de los humanos a todo proceso biológico y como base del amor a la naturaleza, o a la vida si somos literales. Desde ahí se puede entender la afectividad hacia los animales, de compañía y salvajes, más allá de cualquier temor instintivo de autoprotección. Ese amor a la vida estaría, pues, también relacionado con el espíritu de supervivencia de la especie y de la vida en sí misma: formaría parte de un instinto de conservación de la propia vida genéricamente. Parece que la biofilia está presente de forma más intensa en los primates más evolucionados incluyéndonos a nosotros, aunque seguro que todos recordamos aspectos del comportamiento de otros animales no lejanos al concepto de biofilia. Y desde ella se puede en parte explicar el efecto terapéutico de la relación con los caballos y con otros animales.

Cabe considerar la biofilia en un sentido expandido, desde ese “amor a la naturaleza” como un vínculo intenso con el Paisaje, algo que ya enunciara de aquella manera tan bella y humanizada Fernando González Bernáldez cuando hablaba de la “adaptación afectiva al entorno”, tanto si entendemos el paisaje desde planteamientos sistémicos como el conjunto de patrones visuales y estructuras que observamos en un lugar, las funciones y flujos de sus elementos y la dinámica de su evolución, o como definió Francisco Díaz Pineda, la "percepción plurisensorial de un sistema de relaciones ecológicas”. Incluso si lo entendemos tan sólo como mero constructo mental, aquella porción del mundo que percibimos como escenario, un escenario al que pertenecemos y en el que nos desenvolvemos con otras especies y cuya dinámica influimos con nuestras actividades. Un escenario en el que sin embargo los actores no son únicamente seres vivos, sino también elementos no vivos (aunque esta consideración sea a veces un tanto arbitraria), como el geosistema, que junto a la dinámica, la historia implícita del lugar (el criptosistema), hace que lo que vemos (el fenosistema) sea como es en el momento en que lo contemplamos.

El genius loci comienza actuar ya en y desde esos elementos de la gea, como fácilmente podemos ver en As Salgueiras: la geomorfología de colinas y valle, los cursos de agua, la laguna, la braña en lo alto, los penedos que afloran… y singularmente la peña hendida junto al carballo que la abraza, y que para mí simboliza esa unión en el paisaje de los factores bióticos con los abióticos.

Y desde esa consideración expandida de la biofilia, incorporando también los elementos aparentemente no vivos (pero con su propia dinámica y su interrelación con los elementos vivos y sus procesos, incluso condicionándolos) constatamos que el paisaje también tiene efectos terapéuticos, y así se está empleando especialmente en el mundo anglosajón.

El estar en el paisaje, el contemplarlo, y el deambular sintiéndose parte de él, el paseo (como ya meditara Thoreau) nos hace bien y nos libera interiormente, y eso va más allá de la terapia, es algo bueno para todos.

21 de octubre de 2010

Cifras que asustan

Por Pedro Tasende

La organización ecologista WWF acaba de hacer público su “Informe Planeta Vivo 2010”, un análisis en profundidad sobre la salud del planeta, la situación de los recursos naturales y el abuso que el hombre hace de ellos.

Las cifras son espeluznantes. Por ejemplo, los investigadores de WWF alertan de que cada año se destruyen 13 millones de hectáreas de masa forestal. No tengo capacidad para imaginarme el número de árboles que se pueden encontrar en esa superficie de terreno, pero la cifra es tan escandalosa que me produce dolor en el corazón y en la conciencia simplemente pensando en ello. Lamentablemente, esto es solo una muestra. La lista de agresiones al medio se mide en leguas.

Desde hace tiempo las autoridades ambientales han acuñado el término Huella Ecológica para expresar el deterioro que las actividades humanas provocan en el medio natural. Esta medida tiene relación con la cantidad de espacio natural “sano” que sería necesario para compensar el estropicio provocado por nuestras actividades. Pues bien, a día de hoy, necesitaremos dos planetas como el nuestro para satisfacer la demanda de recursos naturales.

Lo peor de todo esto es que nos hemos acostumbrado a estas cifras, a balances e informes que arrojan luz sobre la evidencia pero no sobre nuestras conciencias. Es un mensaje frío que habla de una realidad a la que le damos la espalda reiteradamente.

19 de octubre de 2010

Reflexiones de un bulldog

Por Manu Iglesias

Hola. Permita que me presente. Yo soy un perro, un bulldog. Pero no un bulldog cualquiera puesto que estoy escribiendo para usted y, como sabe, la escritura no se cuenta entre las habilidades de la especie canina. A esta anomalía mía hay que sumar el hecho de que no soy ningún perro concreto, como pudiera ser Milou, el perro de Tintín. Aunque Milou es un perro de ficción, al menos es un perro concreto: enano, peludo, nervioso y simpático. Yo soy un estándar de bulldog, un concepto. Me puede imaginar con grandes maxilares y una mandíbula inferior muy prominente que, al morder, hace presa con tozuda persistencia. Soy un perro imaginario que intento definir el ideal de mi raza. Asoman, o mejor dicho, asomaban dos caninos inferiores por encima de mis belfos. Un pliegue en mi moflete me da gran personalidad, y sirve para desviar la sangre de las presas de mi boca evitando así que me asfixie mientras muerdo. Tengo un morro muy achatado para hacer presa mejor.
Dicen que soy el único perro que no tiene hocico sino cara. Tal vez esto, a pesar de mi temible apariencia, me ha dado cierta popularidad. Se me ha representado muchas veces gruñendo amarrado con una gruesa cadena y exhibiendo un agresivo collar de tachuelas.
Tengo noticia de que algunos jóvenes, conocidos como skins o “cabezas rapadas”, se tatúan mi imagen en los brazos y formo parte de su iconografía. Al parecer, admiran mi fiereza y obstinación cuando hago presa. Sin embargo, con el paso de los años las nuevas modas me han obligado a cambiar. La función para la que fui artificialmente creado ya no es necesaria. Antes era más alto y atlético. Era más rústico y muy adaptado a la rudeza del campo y la vigilancia. Pero ahora mis dueños suelen vivir en pisos poco espaciosos, con vecinos que no toleran mis ladridos y temen encontrarse conmigo en el portal o las escaleras del edificio. Así que quienes preservaban la pureza de mi raza, mis criadores, decidieron buscarme otra funcionalidad, dada la alarmante falta de demanda de bulldogs. Poco a poco, modificaron mi aspecto y alteraron mi carácter. Me hicieron más bajo y manejable para hacerme más apto como perro de compañía. Ahora soy más gordito y pachorrento, como muchos de mis amos. Y mi cara, antes tan fiera, ahora es algo amable y bonachona. Como me han programado para aguantar largas horas de inactividad en un piso, he perdido facultades: corro el riesgo de morir de un sofocón a la mínima carrera. Y peor todavía: no puedo vivir ya en libertad. Si me soltaran en el campo a mi aire, puede que no sobreviviera ni un día en este mundo.
Hoy día los bulldogs hemos aprendido a ser cariñosos con los niños, a tener una expresión más humana. Por ser unos perros feos bastante “guapos” dicen que somos enternecedores. Aún alguna tribu urbana se sigue tatuando nuestra efigie pese a que ya no usamos collares de púas ni somos tan temibles. De hecho, el nuevo estándar de bulldog ya no admite nuestros otrora magníficos y sobresalientes colmillos con los que nos continúan representando en su piel algunos jóvenes de la especie humana. En los tiempos que corren esos colmillos serían calificados como un defecto del estándar ¿No es paradójico? Sé que hoy no suena bien decir esto, pero a veces no puedo evitar echar de menos mi fiereza de antaño.

17 de octubre de 2010

El cuento del delfín

Por Serafín Ortigueira


La mayor de mis hijas me pide muchas veces que le cuente un cuento antes de dormirse. Me duele reconocer que cuando respondo con negativa, me excuso con un "duérmete ya que es muy tarde y mañana hay cole". Por no decirle "pequeña, no te lo cuento porque no me apetece, la vida de los adultos es muy dura y tú no lo entiendes…estoy cansando…" Puede no ser un ejemplo de padre modelo pero pretendo mejorar. A veces me resulta más fácil ponerle el móvil en las narices y gracias al Youtube que vea un vídeo infantil, que para eso está la tecnología. Sin embargo, no creo que la proximidad de una pantalla emitiendo fotones o sabe Dios qué sea bueno para la vista de nuestros pequeños…

Un día cometí la “imprudencia” (catalogarlo así quizás debería avergonzarme) de contarle un cuento inventado por mí. Fue el cuento más ridículo jamás contado pero tuvo un éxito arrollador, como diría una crónica cinematográfica sobre el estreno de un título en cartelera. Tuve que repetirlo cien veces.

Ayer, volviendo a casa de un curso que me tiene muy enganchado, estaba ansioso por sentarme a leer. Las palabras escritas sobre aquellas hojas no habían cobrado sentido hasta entonces. En el aula te dedicas a copiar desenfrenadamente sin captar a veces el sentido de lo que escribes. Entre un montón de nombres de síndromes, enfermedades y demás, pude leer con claridad algo que me sorprendió. Me emocionó por un momento, pero la emoción dio paso a una profunda reflexión. Entre aquellas hojas pude leer: ….”investigaciones recientes han demostrado que contar cuentos infantiles a adultos enfermos les produce beneficios en el tratamiento del dolor, insomnio, depresión y un largo etcétera. En el caso de algunas patologías como ciertos tipos de fobias, se obtuvieron resultados curativos”. Parece ser que sacar al niño que todos llevamos dentro es terapéutico. Mi conclusión ante aquellas palabras, lejos de focalizarla en mis pacientes, me hizo mirar hacia mi hija que se había dormido en el sofá esperando a que su papá volviese de un curso. ¿Quizás esperando a que le contase un cuento? Prometo escribir en breve el cuento que tanto le gusta a María. Trata de un delfín, unos pescadores malos y unos niños que lo salvan de las redes malvadas…



15 de octubre de 2010

La burra

Por Paula Leyenda

Nos contaron esta historia en As Salgueiras: dos pequeños empresarios de la misma zona decidieron invertir, cada uno por su cuenta, en casas de turismo rural.
Uno de ellos hizo lo que pudo. No sabemos si por falta de medios, o para darle un aire más rústico, dejó la casa con un aspecto no muy cuidado. Al poco, conoció a un paisano que tenía un prado en el que pastaban una yegua con su potrillo. Le ofreció al dueño participar en el cuidado de los animales porque, pensó, podían ser un atractivo para los visitantes. El segundo inversor en turismo rural puso más empeño en que la casa tuviera un buen aspecto y un ambiente agradable. La decoró bien, adornó la fachada, se preocupó de cada detalle y dotó a las habitaciones del confort adecuado. Así los turistas se sentirían en el campo como en su propia casa.

Pasado el tiempo, pese a que su instalación no era muy cómoda, al primer empresario no dejaban de llamarle por teléfono los turistas. Y lo que les interesaba muy especialmente era cerciorarse de que, si hacían la reserva, podrían ver y acariciar a la yegua y al potrillo. Eran toda una atracción.
Todo el que pernoctaba en su casa quería repetir el año siguiente.
Siempre, eso sí, que se pudiera gozar de la compañía de aquellos animales.
El segundo empresario, el de la casa hecha y derecha, no daba crédito a lo que ocurría. Le dijo al otro: «Es increíble. Nos esforzamos muchísimo para cuidar a nuestra clientela y que repitan visita… Y tu yegua, sin hacer nada, ¡hace más que nosotros!» Nuestro afanoso segundo empresario no advirtió cómo, de forma espontánea, podemos llegar a empatizar con los animales. Las comodidades pueden pasar a un muy segundo plano al lado de las relaciones que establecemos con un animal. Cualquier coche es más cómodo que un caballo. Sin embargo, al margen de su funcionalidad, la relación que tenemos con un coche es emocionalmente muy pobre comparada con la que podemos tener con un caballo.
El segundo empresario, por suerte, sabía adaptarse a las situaciones: acogió a una burra en su casa rural. Y ahora recibe llamadas de los turistas que, antes de hacer la reserva, quieren asegurarse de que la burra sigue allí, porque sus hijos preguntan cuándo irán otra vez a la casa de la burrita.
Nos contaron esta historia, verídica y con protagonistas con nombre y apellidos, para explicarnos en qué consiste la biofilia que se estimula en As Salgueiras.

14 de octubre de 2010

Defectos de la naturaleza

Por Miguel Moreno

El viernes pasado no pude ir a As Salgueiras. Llovía demasiado. El anterior viernes sí fui. Aunque había nubes negras, no llovió nada. Preferí no ir con mis hijos por si el tiempo empeoraba. Estuve observando una sesión práctica de hipoterapia y charlando con los fisioterapeutas. Después, me di una vuelta por la finca.


Como conocí As Salgueiras durante el verano, no había visto antes todo ese campo con un tiempo tan nublado. En cualquier momento podía caer una tormenta y tardaría no menos de un cuarto de hora en encontrar un lugar en el que no me mojara. Para entonces, ya estaría calado hasta los huesos. Eso me hizo pensar que el contacto con la naturaleza es muy gratificante… hasta que la naturaleza se pone en mal plan. Que se lo pregunten a los damnificados por el terremoto de Haití o a los habitantes de Nueva Orleáns después del Katrina.


La naturaleza es amable pero, desde luego, también tiene momentos no sólo antipáticos sino letales para el ser humano. En As Salgueiras se saca partido a todo lo que la naturaleza nos puede aportar; y, hasta cierto punto, no se huye de los aspectos de la naturaleza menos amables. Asumir el reto que constituyen ciertas hostilidades de la naturaleza también puede ser muy benéfico para cualquiera de nosotros. ¿No tenemos que aprender a vivir con los defectos de nuestros seres queridos, con los propios, con los de la sociedad, etc. para conseguir una vida lograda?


Por supuesto, la naturaleza no nos invita a la apatía, a que nos quedemos soportando el chaparrón; nos exige que encontremos refugio. Del mismo modo, la aceptación de nuestros semejantes con sus defectos no implica que renunciemos a mejorar, pero sí a que seamos realistas y distingamos entre aquello que podemos cambiar y aquello que tenemos que aguantar con un prudente estoicismo.


La naturaleza es una gran escuela.

30 de septiembre de 2010

Terapia asistida con animales: la importancia de la motivación

Por Lucía Vázquez

Cuando complementamos nuestros tratamientos de rehabilitación a través de la Terapia Asistida por Animales (TAA) pretendemos mejorar unos u otros síntomas dependiendo del caso clínico que se nos presente, lo que debe venir determinado por una evaluación individualizada donde se fijen unos objetivos concretos. En este sentido, se pueden diseñar intervenciones desde diferentes áreas terapéuticas: psicología, fisioterapia, terapia ocupacional, etc.

En el caso concreto de los aspectos psicológicos y/o conductuales nos encontramos que en trastornos como la esquizofrenia, el autismo, las demencias o en diferentes tipos de daño cerebral, existe un efecto positivo sobre el funcionamiento cognitivo, las competencias sociales, las respuestas emocionales o la ansiedad.

En cada caso se buscan las herramientas para mejorar unos u otros aspectos, pero hay un factor común a todos: la motivación. La vinculación de los pacientes en los programas de TAA suele ser muy alta, lo que es sumamente relevante teniendo en cuenta que ayuda a facilitar la adherencia a los tratamientos, algo que con frecuencia es difícil de conseguir y que es clave para la recuperación del paciente. No sólo conseguimos “enganchar” al paciente a los objetivos terapéuticos (cuestión especialmente difícil en el caso de niños o en pacientes con mayor deterioro cognitivo) sino que también contribuimos a mejorar la relación terapéutica que se establece entre el paciente y el profesional, lo que facilitará intervenciones futuras.

23 de septiembre de 2010

Lo que sabe un pastor

Por Miguel Moreno

Por las conversaciones que escucho en As Salgueiras, compruebo que allí se aprecia mucho el saber, el conocimiento que nos hace ir más allá de lo inmediato y nos permite comprender la realidad y a nosotros mismos en ella. Se citan a menudo estudios de etología y antropología de importantes universidades pero, al mismo tiempo, en As Salgueiras se toman ciertas precauciones con el saber académico.

Se me ocurre que un motivo puede ser la enorme estima que allí se tiene por lo que sabe un pastor o un agricultor sin estudios académicos. Cualquier instancia educativa tiende a clasificar al pastor, al agricultor o al hombre que vive en el campo de lo que obtiene de la naturaleza como a un individuo con un nivel cultural bajo o nulo. Puede que sea así en muchas ocasiones. Sin embargo, los conocimientos que posee un pastor sobre la vida y la naturaleza tienen un extraordinario valor en As Salgueiras. Aún más: en cierta medida, lo que sabe un pastor es considerado como un excelente antídoto contra buena parte de las intoxicaciones teóricas que a veces generan la Universidad y los medios de comunicación.

Un pastor está obligado a conocer muy bien a su rebaño; tiene que saber exactamente dónde pasta mejor y en qué época del año. Debe tener muy presente cuánto esfuerzo implica para él y sus animales ir a un sitio u otro, porque siempre hay imprevistos. Por consiguiente, debe conocer los mejores caminos y pasa, literalmente, épocas enteras de su vida con la naturaleza y sus animales como únicos compañeros. Además, como es obvio, asume un estatus de liderazgo ante su rebaño: no puede estar todo el día persiguiendo a cada animal para reunir al rebaño. Pero ese “liderazgo” no se basa en la fuerza, se asienta en una relación con los animales que solo el pastor es capaz de establecer. El escaso prestigio social del pastor ha hecho que sus conocimientos y destrezas parezcan hoy cosa de poca monta o vulgares. Sin embargo, resulta asombroso lo que un pastor puede saber de las personas. Conoce de primerísima mano aquello que seguimos teniendo en común con el resto de los seres vivos; sabe que asumimos roles, que algunos prefieren tomar la iniciativa mientras que otros optan por disfrutar pacíficamente de la vida sin preguntarse hacia dónde les lleva el rebaño. Unos son extrovertidos y asumen un rol dominante; otros son más tímidos y sumisos, pero muy cautos: perciben con extraordinaria facilidad los riesgos. Por eso el pastor se fija mucho en ellos y nunca minusvalora a quien no destaca. Sus conocimientos parten de lo local. Pero sus sosegadas reflexiones, su paciente y constante observación de los ritmos de la naturaleza, de lo que en ella sucede y de las condiciones de subsistencia llegan a proporcionar a esos conocimientos un alcance universal. Si lo pretendiera, el pastor podría comprender mucho mejor que cualquiera de nosotros a nuestros antepasados del primer milenio a. de C. en la Europa mediterránea.

Algunos pastores, considerados palurdos hoy porque no aparecen en anuncios de tabaco con genuino sabor americano, cultivan una sabiduría que no se aprende en ninguna facultad o escuela universitaria. Y, tal y como aspiraba la antigua Filosofía griega, lo que sabe el pastor puede traducirse en una valiosísima forma de vida serena, paciente y alegre.

22 de septiembre de 2010

O pasatempo do Mandeo

Por Xulio Correa
De cativo visitei o Parque do Pasatempo en Betanzos, tamén moitos outros parques e sitios de xogo que enchen hoxe a miña memoria visual. Algúns eran de visita frecuente ou diaria, pero sin embargo aquel parque de Betanzos, ocupaba e ocupa aínda hoxe un gran espacio nas miñas lembranzas; un espacio que dende logo resulta desproporcionado en relación co pouco tempo que botei alí.

Impresionábame moito o seu carácter visual, todo o que contaba ou suxería na súa intención divulgativa, pedagóxica e enciclópédica, perfectamente definida polos seus autores intelectuais, os irmáns García Naveira.

Todo tiña un sentido, e tentar entender a razón de cada instalación no parque formaba parte do xogo, así descubriríamos maiores e pequenos, as referencias aos usos horarios, aos animais de outras partes do mundo, ao mundo subterráneo ou submariño. Había un interés pedagóxico na intención, querían dar a coñecer a cultura que eles adquiriran na súa afortunada emigración.

Agora, vendo que a Diputación de A Coruña aposta por dar a coñecer a nosa cultura popular e a historia asociadas ao Río Mandeo no seu futuro parque fluvial, penso nos rapaces que o visitarán no 2011 e xogo a imaxinar como eles gardarán, na súa memoria visual, as lembranzas do Parque do Mandeo.

El principio de realidad

Por Miguel Moreno

Cuando el griterío ensordecedor del parque me superó definitivamente, salí del recinto de los columpios y me alejé un poco sin perder de vista a mis hijos. Me senté en un banco y me pregunté qué era exactamente lo que me hizo captar que lo que oí en As Salgueiras era puro sentido común.

En primer lugar, aquel pequeño e inocente parque, a pesar de su simpática apariencia, reproducía a su manera ciertas patologías urbanas: la masificación, un ámbito artificial que uniformiza las conductas, sobreprotección,… Mis hijos, evidentemente, se divertían más en ese pequeño parque al aire libre que en el piso de Madrid. Pero no dejaban de buscar la atención de su padre, cosa que no ocurrió en el otro parque. Además, mis hijos no se hicieron amigos de otros niños ni jugaron realmente con ellos. Todos los chavales allí parecían percibir a los demás como un obstáculo, como okupas del columpio que ellos intentaban disfrutar. Había, además, problemas de circulación vial: Nicolás no podía hacer el mono porque otros niños tenían que pasar precisamente por donde él se colgaba. Había demasiado tráfico.

¿Por qué los chavales no jugaban juntos? Hombre, juntos sí estaban en lo que a su proximidad física se refiere, pero no jugaban unos con otros: rara vez interaccionaban entre sí excepto para reclamar su derecho al tránsito o al uso de un columpio. De ahí la enorme polución acústica que padecíamos todos en aquel parque.

Lo que me habían dicho en As Salgueiras es que los niños (y los adultos) necesitan el juego libre en un entorno natural. ¿Qué es el juego libre? Pues, por ejemplo, saltar una valla o cualquier otro obstáculo, se interponga o no en el camino. ¿Qué te puedes caer? Claro. También te puedes caer de un columpio. O tener un accidente de tráfico cuando llevas a los niños al colegio. Si nos ponemos en ese plan, habría que sacar a pasear a los críos como a los perros en las ciudades, con cadena y collar.

Es parte natural de nuestro desarrollo caernos de vez en cuando. Un chaval al que evitamos por sistema cualquier tipo de caída ignora hasta qué punto el suelo es duro. El juego, por mucho componente imaginativo que tenga, no puede desentenderse de la realidad, ha de basarse en ella. En un entorno sobreprotegido, artificial y saturado, estamos impidiendo que nuestros hijos actúen teniendo presente el “principio de realidad”. No hablo del principio freudiano que, con perdón, siempre me ha parecido demasiado misterioso, muy de película de Hitchcock; me refiero al contacto con la realidad misma, a aquello contra lo que todos chocamos de vez en cuando. La realidad, aunque sea rocosa, también puede ser divertida, mucho más divertida que los columpios.

No he tardado en regresar a As Salgueiras con mi mujer, Nicolás y Nieves. Nos lo pasamos muy bien. Lo que más le gustó a Nieves (y a mí) fue un perro bodeguero que respondía al nombre de Morante. ¡Qué animal más simpático!

21 de septiembre de 2010

La isla de robles


Un domingo paseaba cerca del conjunto que llamamos la isla, se trata de una agrupación de grandes piedras que parecen emerger de una llana pradera que siempre esta verde. Nos recordaba a un atolón madrepórico en medio de un mar caribeño donde se asoman cocoteros, salvo que nuestra “isla” en vez de plantas exóticas alberga unos robles centenarios. En el conjunto de piedras, todas ellas erosionadas en forma de grandes bolas, destaca una tan grande como una casa que parece un colosal huevo acostado.

Era un día agradable y mientras observaba la gran mole, me fijé como toda su superficie la disputaban la madreselva, esponjosos y delicados líquenes apenas dejando espacio en otras zonas mas húmedas a un espeso y frondoso musgo. Sobre todo el conjunto como si fuera la vela de un barco, destaca la copa de un gran roble.

Cuando me fijé en la posición de aquel árbol, parecía nacer en la misma roca. Me acerqué un poco mas y la maleza me obligó a rodear la piedra para intentar una posición mejor para observar el raro fenómeno. La espesura no me dejaba ver hasta que aprecié un pequeño paso que me llevaba al extremo opuesto de la piedra a donde crecía el árbol. Al seguir el contorno de la piedra me vi forzado a saltar restos de alambres. ¿Cómo podría mancillarse así un lugar tan hermoso? Pensé, al tiempo que comprobaba que el enorme pedrusco se había roto en sentido longitudinal formando un amplio pasillo que trazaba una suave ondulación con sus paredes las cuales superaban ampliamente mi altura. Me adentré sorprendido en el pasadizo, mientras acariciaba las paredes verticales de granito que me rodeaban. Era un rincón impresionante con una mullida cama de hojas que parece ayudar a aplacar todo sonido exterior, apartado de todo, oculto en una piedra dentro de la que se puede entrar aquel lugar era irrepetible.

Más adelante un amigo artista que ha realizado exposiciones por todo el mundo, al adentrarse en aquel pasaje, me dijo: este es un lugar que tiene poder.

Al final de aquel pasillo, nace el roble que me descubrió aquel secreto. En medio de la puerta como si quisiera avanzar al interior. Entre su tronco y la piedra deja un espacio que al superarlo nos da acceso a otra pequeña cámara que forma una especie de castro minúsculo desde donde podemos otear la lejanía. Los niños ahora cuando lo visitan después de limpiar los restos allí depositados durante años, les parece ser el protagonista de una película de exploradores y por eso algunas veces allí les escondemos un pequeño tesoro para disfrutar de sus caras emocionadas. Cuando pregunté a Manolo –el antiguo encargado de de la vieja granja– por la razón de tanta basura, me dijo que esa grieta era un fastidio, que en varias ocasiones se había metido una vaca y había sido difícil sacarla. Enterraban allí el viejo alambre de espinos para deshacerse de él y disuadir a las vacas a un tiempo de entrar.

Siempre cuento a los niños esta anécdota para hacerles entender que para alguna gente la naturaleza representa el escenario de un combate, como les ocurre a los marineros que tienen que jugarse la vida y pasar calamidades en el mar para alimentar a sus hijos. Por eso desde nuestra romántica mirada, tenemos que tratar de tener la empatía para entender esas mentalidades y poder así convencerlas para que sean nuestras aliadas en el cuidado de la naturaleza.

Ahora hemos instalado en las inmediaciones de la isla unos bancos de madera. Un día sentado en de ellos, Manolo, después de acabar las tareas de limpieza nos comentó: ¿Cómo no nos dimos cuenta de lo bonito que podría ser esto?.

De alguna manera él descubrió un pequeño tesoro, aunque ya lo conocía antes que nosotros. Al verlo limpio y cuidado entendió nuestro punto de vista y alcanzó a apreciar la belleza que tenía delante de los ojos pero antes no se le desvelaba.


Teatro y juego

Por Noemí Basanta (editora de diseño de Galopín)

Deseaba contaros en este blog lo mucho que me ha ayudado mi afición al teatro para entender la psicología de los niños, lo que me permite realizar mejor mi trabajo.
Lo esencialmente importante siempre es lo que no se ve, lo que se sugiere, y esta frase vale tanto para la arquitectura, el teatro, como para el cine, como para la vida misma.

El teatro tiene la virtud de reunir diferentes artes en una sola. Los niños además de divertirse aprenden sobre conductas, a conocerse a sí mismos y a los demás. Pero sobre todo el niño reflexiona sobre lo que ve, se le incita a pensar y tomar decisiones. Además el teatro es de carne y hueso, aunque consigue que te evadas de la realidad, no es como un juego virtual solitario, sino que lo realizas en grupo.
Al igual que en nuestro trabajo elaborando espacios de juego infantil, en el teatro se busca crear emociones. En escena se tratan las luces, las sombras, los decorados con sus texturas y colores. Cada objeto se puede convertir en un personaje. En los parques infantiles también ocurre esto; debemos permitir y potenciar que los niños estimulen su imaginación con los elementos de juego y también con los vacíos. Es importante relacionar bien los recorridos e imaginar los posibles juegos “de lo que no se ve”. Es importante no dar todo hecho, que el niño genere su propio mundo con pocos elementos.

Decía Chéjov (enfrentándose a lo que se hacía tradicionalmente) que lo inevitable posee un mecanismo diferente a la lógica o la moral. No creía que el artista tuviera que responder todas las preguntas que planteaba la obra. Dejar un margen al espectador para que piense por sí sólo forma parte del pensamiento moderno.

El niño en sus primeras etapas tiende a espacios teatralizados, que reflejen la realidad o la fantasía, donde comenzar a descubrir diferentes roles. El adolescente busca espacios más personalizados y abstractos, donde puedan experimentar retos físicos. El adulto posee la necesidad de la narración (como la novela), del recorrido con un sentido narrativo.

En la fiesta de las Salgueiras mientras pintaba las caras a los niños recordaba todo esto; les preguntaba a cada uno lo que quería ser (un indio, un animal,…), la edad influía en el personaje que cada uno quería representar… yo misma también me pinté.

20 de septiembre de 2010

Prometeo vuelve a darnos el fuego

El Prometeo, -haciendo honor a su nombre-, se prepara para ayudar a los jóvenes con problemas de integración. A diferencia de otras ocasiones, en donde sus travesías sirvieron para exhumar del injusto olvido las historias de los navegantes de la antigüedad, ahora se pone al servicio de los jóvenes que nunca han tenido el derecho a una familia estable y a un ambiente emocional equilibrado.
A bordo de un velero -como ya hicimos hace muchos años-, intentaremos enseñar el afán de superación y el esfuerzo. Procuraremos demostrar que la autoridad no se otorga sino que se gana. En un entorno natural tan portentoso como es el mar aprenderemos a superar las frustraciones, a ser un equipo de camaradas marineros unidos en un objetivo bajo el mando de un patrón que aporta su experiencia.
Los marineros -como los mineros- se juegan la vida todos los días, por eso son unos estoicos dispuestos a asumir el accidente o el naufragio como algo natural en el devenir cotidiano. Esa circunstancia los convierte en personas orgullosas y quizás por eso a un marinero le puedes robar la cartera, pero no se le puede faltar a su dignidad. Sin embargo los orgullosos hombres de mar saben muy bien aquel refrán que reza: Donde hay patrón no manda marinero.
El Patrón –o el viejo como se dice en la marina mercante- tiene que respetarlos porque como el, su tripulación se juega la vida, pero todos saben que la organización y el respeto a la autoridad, es imprescindible para el buen orden de la embarcación y para la seguridad de todos.
El velero oceánico Prometeo que tantas millas ha recorrido desde su botadora en los astilleros Jhon Robertson de Sudafrica, sirvió el jueves para acoger la preparación de una nueva etapa en nuestras experiencias de integración. El equipo directivo de Camiña social y dos representantes de las Salgueiras que incluía psicólogos, educadores y terapeutas, comprobó en ellos mismos los efectos de una travesía sobre una tripulación unida y cohesionada. Un pequeño incidente nos dejó sin motor y nos vimos forzados a atracar a vela, teniendo en cuenta que el velero desplaza más de catorce toneladas que generan gran inercia, lo cual es un gran problema cuando no se cuenta con propulsión motora. La maniobra de atraque a vela, salió perfecta, aunque al saltar a tierra un tripulante acabó con una luxación de hombro. A pesar de las anécdotas abordo pudimos disfrutar de un día luminoso navegando en excelente compañía. Ya recuperados de tantos incidentes la noche se colmó de relatos de aventuras y de muchos sueños. Son nuestros sueños y los de aquellos que tienen toda la vida por delante, pero piensan que no tienen futuro. Quizás se cumpla nuestro sueño que es el de todos los integrantes de Insergal y Camiña social y como ocurre en las Salgueiras, a bordo del Prometeo, algunos jóvenes nos cuenten que allí han vivido los momentos más felices de su vida.
El Prometeo se convierte así en una pequeña isla de respeto y dignidad en donde nos refugiamos de la crudeza de una sociedad como la nuestra que acaba generando inútilmente tanto sufrimiento.

Hablando sobre esto, mi amigo Fran Figueroa me pasó una cita de Italo Calvino:

«El infierno de los vivos no es algo que será -confiesa Marco Polo al Gran Kan-; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos; aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos; buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio »(Calvino, 1991: 16).

La Compañía. Una fábula real

Por Manu Iglesias

Algunas veces para explicar un concepto, no hay nada mejor que contar una historia. Unas veces es una metáfora o un cuento y otras una historia real como la que yo ahora tomo.
Esta historia aconteció en nuestra tierra (mejor dicho: como debe ser en nuestra Galicia, aconteció a caballo entre el mar y la tierra)
Quizás este pequeño acontecimiento merecía ser más estudiado, por la misma razón que nos interesa saber las causas de unas utopías perdidas como las células bolcheviques, la comuna de París o los Kibutz.
Se trata de una historia que comienza en Muxía con el descubrimiento del caladero de “O canto”. Fue hace ya cuarenta años gracias a lo que aprendió por el Caribe el señor Jesusíño Insua y su experto conocimiento del manejo de los rudimentarios y escasos aparatos de navegación de la época
Cuando los marineros de Muxía (digo marineros y no pescadores, porque a nuestros hombres de mar no les gusta el segundo término para distinguirse de los pescadores aficionados) descubrieron o Canto, aquello fue una mina de oro que no tenía dueño. Todos acudían día y noche sin parar. Sin dormir, reventando los motores de los barcos para poder calar los palangres antes que los demás los bravos hombres de mar de aquella tierra que cantó Lopez Abente colmaban los barcos de pesca que apenas podían avanzar sobrecargados por el fruto de su faena . Aquello era una riqueza, pero era un sin vivir y además como pronto se llenó la lonja de abundante pescado, los precios cayeron hasta límites que nunca se habían alcanzado. Pasó entonces que aquel tesoro, solo les daba trabajo y calamidades pero poco rendimiento.
Acordaron formar la “Compañía” que duró varios años y estableció un sistema ejemplar y único que no tenía parangón en todas las cofradías de la geografía peninsular.
Toda la venta en lonja se repartía equitativamente entre los barcos, daba igual su tamaño, tripulación o potencia de motor. Si se vendía un millón de pesetas y había 10 barcos, se pagaba cien mil pesetas a cada barco.
La pregunta era... ¿pero se pagaba a todos igual? Entonces era una tontería tener un barco grande, supongo que todos lo tendrían pequeño y ajustado al recurso.
Bueno no fue así: Al administrar el recurso la gente ponía pescado en lonja en función de la demanda del mercado y la compañía autorregulaba sus capturas. Por esa buena gestión se ganaba mucho dinero y todos disponían de grandes recursos económicos. Algunos se destinaron desgraciadamente a “remodelar” el pueblo e invertir en ladrillo lo que sirvió para que se destrozara urbanísticamente Muxía, pero la gente tenía especia interés en que todo el mundo se enterara de su fortuna. Empezaron a comprar barcos más grandes y como me contaba mi viejo camarada marinero Pancho, llegaron a hacer traer el mas caro de los motores marinos directamente de Inglaterra
Pero eso era una tontería ¿porque comprar un barco más grande para repartir el mismo beneficio? Es estúpido. Los gastos aumentan y los ingresos son los mismos. Efectivamente, pero el ser humano además de cubrir sus necesidades básicas necesita el prestigio social y eso lo da en un puerto marinero, el ser armador de un barco grande con un gran motor.
Así siguió funcionando La Compañía pero algunos tomaron el camino de la “carrera armamentista” y otros inteligentemente siguieron usando su barco de siempre, el cual por otra parte era más que suficiente para explotar el recurso.
Al cabo del tiempo, los que tenían un motor mas grande, se dieron cuanta que tenían iguales ingresos y mas gastos y por tanto menos beneficios que los armadores de barcos pequeños y entonces empezaron a presionar y a movilizarse acabando con la Compañía,
Inmediatamente después de anularse aquella regla equitativa, los barcos volvieron a la mar como al principio, compitiendo todos contra todos y en poco tiempo esquilmaron el caladero. Lo que era fuente y maná de riqueza ingente, en poco tiempo se convirtió en erial y los hijos de aquellos bravos marineros se vieron forzados a coger las maletas para emigrar y trabajar de albañiles y camareros en Canarias.

Por desgracia, para ser más que nuestro vecino no pensamos en ser mejor persona, o mas sabio, sino poseer mas símbolos de ostentación.
La de la Compañía es una historia real y una fábula al mismo tiempo, que tiene interés no solo para los que somos de aquí, sino se me antoja que es de interés universal al servirnos para reflexionar sobre la estupidez humana.

Psicoterapias asistidas por animales


Sin menoscabo de que Lucia (la responsable de CEFINE de este tipo de herramienta terapéutica), enmiende mis explicaciones o realice las puntualizaciones que considere necesarias, me permito un acercamiento a los aspectos más destacables de las TAA(terapias asistidas por animales)

Aunque hay unas patologías determinadas para las cuales la herramienta de las TAA puede resultar a los profesionales más eficiente, en general todos necesitamos el contacto constante con la naturaleza a lo largo de nuestra vida, para poder mantener una buena salud mental.


El método a utilizar depende de los objetivos que marquen los expertos y siempre será un complemento o herramienta usada bajo las directrices de un profesional con la titulación y la práctica profesional adecuada.


¿Por qué los caballos?
Por su portentosa capacidad para apreciar el lenguaje corporal. Los caballos son animales de huída y deben mantenerse permanentemente alerta para interpretar las intenciones de los depredadores. Lucía establece rutinas aparentemente sencillas como peinar y acicalar un poni, está situando al niño delante de un espejo que refleja de forma inmediata sus emociones. Si el niño grita o se mueve bruscamente, el poní reacciona inmediatamente apartándose. Como el niño está motivado para interactuar con el caballito, rápidamente entiende aquella sentencia de un gran maestro de la doma:

Para dominar un caballo, primero tenemos que aprender a dominarnos a nosotros mismos.

Algunas veces el resultado es tan rápido, que muchos niños cambian su actitud a los pocos minutos de empezar la sesión y en algunos casos incluso llamaron del colegio a los padres preguntándoles que nueva medicación le estaban dando, pues habían apreciado una notable mejoría en su comportamiento. Esa pastilla era solo un caballito manejado por un profesional experto, dentro de una planificación de objetivos.

El paisaje y lo propio

Por Paula Leyenda

Un día le preguntaron a Álvaro Cunqueiro por qué había decidido residir en la Galicia rural después de haber pasado tanto tiempo en la metrópoli. Él respondió que «si se diera el caso de que el paisaje gallego fuera un rompecabezas, yo me sentiría como una pieza que encaja perfectamente en ese puzzle».

El paisaje es un valor importantísimo. A la hora de comprar o alquilar una vivienda lo percibimos de inmediato, pero tendemos a olvidarlo cuando nos gastamos miles de euros en el comedor, en la última tecnología audiovisual y en cosas que, haciendo más cómoda nuestra vida, terminan aislándonos de nuestro entorno. Ocurre lo mismo en el ámbito laboral. En mi anterior trabajo, mientras hacía un descanso en el trabajo, miraba por la ventana y en un impersonal y gris polígono industrial observaba una multitud de coches invadiendo las aceras, aparcados de cualquier manera, humo, asfalto… lo normal. En Galopín, a través del cristal veo el jardín; después de comer descanso un rato rodeada de árboles, plantas y de alguna luciérnaga despistada, “haciendo un poco la fotosíntesis”, como digo yo. Se nota la diferencia, creo que encajo en este puzzle, de hecho creo que cualquiera encajaría.

Pero vivimos en ámbitos urbanos y rurales cómodos e hiper-tecnologizados rodeados de un notable destrozo ambiental y paisajístico. Parece un signo de nuestra cultura la inmersión en lo íntimo —tantas veces publicitado— y el descuido de lo común, de lo que todos deberíamos disfrutar y proteger. Nuestro paisaje y nuestro entorno se deterioran sin que lleguemos a percibirlo, tal vez por la cantidad de horas que dedicamos a la televisión o porque ya nos hemos acostumbrado a su deprimente aspecto. Pero el respeto al paisaje está mucho más directamente relacionado con la autoestima de lo que creemos. Si no apreciamos lo que tenemos, aquello que nos concierne a todos, difícilmente lo cuidaremos. Las consecuencias están a la vista: hemos terminado avergonzándonos de lo propio e importamos innecesarios productos culturales porque no hemos valorado nuestro paisaje, el suelo en el que deberíamos echar raíces, el terreno en el tendríamos que desarrollar nuestras relaciones comunitarias y que podríamos disfrutar todos juntos.

Y este respeto empieza por nuestro pequeño granito de arena, por la plantación de mil seiscientos árboles comprados a una empresa de economía social de la Fundación Paideia. Tenemos que tomar conciencia de la importancia de nuestro entorno, de la naturaleza que nos rodea, partir de la biofilia para desarrollar una sociedad sana y orgullosa de sus raíces, para criar y socializar niños vitales y felices. De lo pequeño a lo grande, sin cejar en el empeño de avanzar conociéndonos y respetándonos a nosotros mismos. El jardín de nuestra nave industrial, el aprovechamiento que hacemos mediante placas solares de esta energía renovable o la recuperación y reutilización de aguas pluviales; pequeños ladrillos en la construcción de un entorno sostenible, vivible y más acorde con nuestra propia condición.

Muy sabia fue la respuesta de Cunqueiro, porque si no encajamos en nuestro paisaje seremos una sociedad deprimida, carente de la más elemental autoestima. De poco nos van a servir los psicólogos mientras descuidamos nuestro paisaje.